El aspecto exterior
del producto es señorial. Sin duda han querido que
el resultado final fuera un homenaje justificado a la importancia
que tuvo este cantaor que tanto cantó a Sevilla y
para Sevilla.
Aunque hay quien defiende que Pepe Palanca tenía
dos fandangos distintos, al escuchar este recopilatorio
de algunas de sus grabaciones, cada corte parece una nueva
creación. La voz de este cantaor es arrebatadora
y espeluznante. Su fraseo es muy flamenco, y su forma de
recortar el cante es desgarradora. Quizá por esto
último, cantar un fandango de Palanca es como intentar
escribir a máquina con guantes de boxeo, o sea, dificilísimo.
Se necesita un temible y certero aguijón para acercarse
a lo que fue Palanca, y eso sólo lo tienen los cantaores
que pasan a los anales de la historia flamenca.
Para el primer fandango, tomaremos la letra “Un clavel
se le antojó” como modelo. Empieza casi con
falta de interés en el primer y segundo tercio, en
el tercero repite el primero y en el cuarto tercio, se arranca
el alma, sin más, para entregarlo a quien lo escucha.
Un alma que ya es tan inmortal como el papel donde se escriben
los bytes que lo han podido recoger en soporte digital.
El resto del fandango es recogerse, poquito a poco.
Para el segundo fandango, tomaremos como modelo “Quise
probar si era buena”. Si el cante “recortao”
tiene una música, sin duda se la puso el cantaor
de Marchena que nos ocupa a esta y otras letras que denotan
una crudeza estremecedora. Sale con fuerza con la primera
palabra (dos sílabas). El resto del primer verso
lo liga con el segundo. En el tercero repite el primero
pero sin entrega y el cuarto es una caída casi perdiendo
la armonía que retoma en el quinto y sexto tercio
que normalmente hace ligados.
Es evidente que no se consideran como personales los siguientes
fandangos que a continuación relaciono :
- Sin ti, por Dios mándame un retrato
tuyo. (Corte 16)
- A mis niños de mi alma no me los abandones. (Corte
15)
Pero fíjense que en el primero
(corte 16), aunque podríamos entender que es igual
que el segundo modelo descrito anteriormente, el segundo
y el tercer tercio no se ligan y la caída es musicalmente
distinta, así como la construcción literaria.
Por el contrario, en el corte 15 lo que
hace Palanca, seguro que de forma intuitiva, es cambiar
el ciclo de la caída armónica, consiguiendo
con verdadera delicadeza un efecto dramático al que
acompaña la propia letra. Y todo hay que decirlo...
Ni siquiera Palanca podría haberlo cantado de no
tener esa facultad para recortar el cante...
Yo agradecería que alguien más docto en estos
menesteres me aclarara a quién pertenece la autoría
de estas obras de arte.
A veces, los versos tienen más de ocho sílabas
y Palanca tiene que acelerar el fraseo para que entre en
el tercio. La verdad es que lo hace con maestria y gracejo.
En el corte 3 podemos encontrar un claro ejemplo en los
dos primeros tercios :
Los ojos anegaos por el llanto, llevaba,
y la cara la tenía morena
Seguramente, al hablar de Palanca evoquemos
en nuestra imaginación, sobre todo aquellos que no
tuvimos la oportunidad de vivir esa época, el flamenquísimo
ambiente de la Sevilla más castiza. Aquella Sevilla
en la que compartían protagonismo la Niña
de los Peines, Vallejo, Palanca, Carbonerillo y Pepe Marchena,
entre otros. Todos genios que todo lo sabían y además
lo hacían perfecto.
Pero el cuadro debe variar al escuchar a José Lebrón
López por soleá o entonando las coplas incluidas
en este disco donde se mezclan componentes de soleá,
de zambra, de vidalita y de fandango, y que en los créditos
se la juegan intentado clasificarlos como Romería,
Creación o Canción por soleá.
Yo imagino a Palanca tomando un vinito con amigos en la
esquina de un bar cualquiera, disfrutándose y regalándose
en cada uno de sus fandangos, con mucho gustito, sin apenas
cultura del compás, como denota en el corte 8, donde
podemos apreciar que da prioridad a la belleza y al buen
gusto frente al marcado ritmo de la guitarra, que a duras
penas consigue hacerlo “entrar en verea”.
De verdad… Imagino a Palanca
en lo sobresaliente de su desgarradora entrega, en la esquinita
de un bar, para que alguien lo descubra y todos lo lloren.
Como yo digo, “Flamenquito de barra…”,
¡Gloria bendita!.