Demasiado pendientes
de la actualidad discográfica más contingente,
con frecuencia nos olvidamos de trabajos que aparecieron
en el mercado hace ya algunos años y que no por ello
pierden importancia y, muchísimo menos, valor artístico.
Referirse a ellos es una forma de rescatar y mantener vigentes
grabaciones que siguen aportando mucho a los aficionados
a la guitarra y a la buena música flamenca. Es el
caso del disco “MI CAMINO” del guitarrista cordobés
Paco Serrano, aparecido en el año 1999.
Desprovisto del arropamiento instrumental
con que muchos buenos tocaores acompañan hoy su guitarra,
a veces hasta casi enredarla o decididamente extraviarla
en medio de otras sonoridades con lo que frecuentemente
lo mejor que se consigue es que los árboles no dejen
ver el bosque, “Mi Camino” es un disco de guitarra
flamenca en todo lo que la expresión supone: la guitarra
en solitario, desnuda y limpia.
El recital de Paco Serrano se abre con unos
tangos de gran movilidad titulados “El Portillo”,
en que a poco andar superpone dos guitarras con brillante
precisión y sin perder nunca el hilo de la trama
melódica. La colaboración sabiamente discreta
de la percusión de Ricardo Espinosa, no hace sino
afirmar la célula rítmica y el carácter
musicalmente festero del tema, sin tomar jamás un
protagonismo que, al menos aquí, no le fue asignado.
El final, por rumba, acompañado de palmas, subraya
la fiesta.
Le sigue la soleá “Mi Camino”,
majestuosa desde la primera nota, trascendente y corpórea,
da cuenta no solo de la técnica asombrosa de Paco
Serrano y la limpieza de su ejecución –que
en directo no varía ni pierde siquiera un punto-
sino de esa manera tan particular e inimitable que los cordobeses
tienen de sentir la soleá. Las líneas melódicas
son muy claras y concretas, nada de desvaríos armónicos
que nadie sabe dónde ni cómo empezaron y menos
cómo van a terminar dentro de una falseta. El trémolo,
que llama la atención por su calma y perfección
rítmica y el final, prudentemente acelerado, hacen
de esta soleá un bocado fino, pero de gran contundencia.
Las alegrías “Lagunas de Sal”
(sal: palabra de uso más que frecuente a la hora
de titular un toque por alegrías) se muestran inquietas
y luminosas, parece que nos pintan una calle de casas blancas
al mediodía y al fondo, a la sombra, una copa de
fino muy frío. Tras un silencio que ha desaparecido
hace ya mucho de la composición y ejecución
de este estilo, quedando al parecer relegado solo al baile,
el tempo se recupera de modo muy acompasado pero sin frenetismo,
porque a Paco Serrano no le interesa impresionar ni sorprender,
sino hacer música y aquí lo consigue plena
y cabalmente.
“Amanecer en la Vega” es una
granaína cuya calma tiene aroma a ciprés,
pero no solo al de su “Reyes” sino al de los
que aún abundan en Granada. No obstante dicha calma,
hay pasajes de ejecución compleja y abigarrada, donde
Paco se muestra muy solvente y a gusto, abordando giros
armónicos muy sugerentes, sin dejar de hacer aquellas
progresiones que caracterizan al estilo, sea acompañando
al cante o en un toque solista. Un tema para escuchar mucho
más de una vez.
La bulería “Taracea”
(si usted fue a Granada y se vino sin una, entonces fue
a otro sitio) tiene un comienzo algo imprevisto, como si
viniera de otro lugar y hubiera entrado de pronto por la
puerta, sin anunciarse y sin golpear o como si hubiéramos
empezado a ponerle atención muy de pronto, sin advertir
que ya estaba ahí. Respaldada con sobriedad por palmas
y el cajón de Ricardo Espinosa, se desarrolla sin
grandes sorpresas, agradable, acompasada y alegre.
“Viento del Norte” es lo que se llama “un
peazo de farruca”. No olvidemos que cuando Paco Serrano
grabó este disco, la farruca había entrado
hacía ya largo rato en un período de ausencia
casi total en el repertorio de los guitarristas. Miguel
Rivera había grabado una un par de años antes
y es poquísimo más lo que se puede encontrar
de farrucas en esa década, en lo tocante a toque
de concierto. Llevados con mucha elegancia, sin hacerle
el quite a algún arranque técnicamente complejo,
estos vientos del norte pueden precipitarse y arreciar por
momentos, para llevar por el aire la semilla de un estilo
que pronto veremos resurgir, no sabemos si en gloria, pero
seguro que en plena majestad. A ello ya están contribuyendo
Juan Carlos Romero y Vicente.
El zapateado “Lluvia en el Patio”
es, sin duda, el único tema en que nos queda rondando
una duda más bien seria: la que tiene que ver con
lo que habría podido ser si solo se hubiera tocado
en una guitarra. No se trata de que las líneas melódicas
no estén claras, solo que en algún momento
están a punto de extraviarnos, porque los intervalos
de terceras y sextas, cuando sobreabundan, pueden llevar
a eso por muy acostumbrado que el oído occidental
esté a ellos. Armónicamente, la pieza es muy
atractiva y de una vivacidad que no nos hace pensar en un
día de lluvia, aunque nadie dijo que se tratara de
una obra descriptiva.
“Las Campanas del Cerro” es
el título de la rondeña que ocupa la pista
8. Cómo suena esa guitarra por rondeña...fantástico.
Desarrollo tranquilo, sin grandes sobresaltos, trémolo
cantabile y una sexta que suena persistente. Pasajes muy
bellos en modo menor, aire meditativo y un cierre aligerado
sobre la base de arpegios que dan paso a un aire de bulería
que se interrumpe cuando parecía dispuesto a decirnos
algo más.
La guajira “Buen son, buen Corazón”
que Paco Serrano dedica a su compadre Rafael Montilla, es
uno de los temas más bonitos del disco. El tempo
es tranquilo, cosa poco frecuente en guajiras de concierto,
con algunos ralentando que agregan un matiz de agógica
también un poco inusual en el toque flamenco de hoy.
Para dejarse llevar y disfrutarla sin entrar demasiado en
el análisis que de pronto puede enfriar las cosas
y enfriar una guajira, es un pecado. Las hay que ya vienen
frías, pero este no es el caso.
A su hermana Luisa dedica Paco la taranta
que sigue al sol caribeño de la guajira. Un tema
fuerte, esta taranta se nota muy pensada y compuesta, tal
vez, en un lapso prolongado. Armónicamente muestra
pasajes de oscuridad que se rompe con un trémolo
que trae aire fresco, pero vuelve a un tejido intrincado
pero bien enhebrado y bien equilibrado. Hay un tinte de
inquietud en este tema, que se desgrana con pocos reposos.
Se cierra este disco con la segunda bulería,
titulada “Chiringo”. Aquí hay un espacio
introductorio de un cuarto de minuto en que Ricardo Espinosa
exhibe un compás sabroso que ofrece al auditor una
buena entrada en el ambiente rítmico del tema. Nos
parece esta bulería incluso más atractiva
que la anterior, con sorpresas y detalles muy entretenidos
especialmente en la forma de resolver algunas falsetas,
sin el característico remate rasgueado sino con el
intempestivo y breve paso a otro motivo, acaso una pequeña
coda que, si nos ponemos finos, tal vez hasta resuelve mejor.
Posiblemente para los gustos y tendencias
contemporáneas, el idioma musical de Paco Serrano
puede resultar muy clásico, pueden llamarlo “tradicional”
o considerarlo “poco atrevido” según
los cánones y parámetros hoy imperantes, pero
vamos a ver : el acorde con agregadas, la novena, la trecena,
la disonancia por la disonancia, solo porque “así
parece que se hace hoy”, carece de sentido y sobre
todo cuando, como vemos en tantos casos, quien las hace,
con suerte sabe cómo entró en ellas pero no
cómo salir adecuadamente y no estoy hablando de una
preparación musical muy acabada –que Paco la
tiene- sino del buen gusto y la valentía de ser cada
cual lo suyo y lo que puede, en función de lo que
le nace de las tripas. Para tocar como Paco Serrano no hay
que tener solo una técnica privilegiada, sino también
una dosis de personalidad y valentía que hay que
destacar.
En suma, un disco lleno de ejemplos
y lecciones para quienes gustan de la guitarra flamenca
y especialmente para quienes quieren aventurarse en el complejo
y a veces pantanoso terreno del toque solista.