Cuando acaba de aparecer el nuevo disco
del guitarrista manchego Oscar Herrero, titulado “Abantos”,
nos parece oportuno echar una mirada a “Torrente”,
que es el primer disco netamente de flamenco grabado por
Herrero, con la finalidad de apreciar de manera más
cabal y mejor proporcionada la evolución de Herrero
como músico y como compositor flamenco. Para comentar
este trabajo, nos abstraeremos de las notas que el propio
Oscar incluye en la ficha del disco, para no dejarnos influenciar
por su contenido.
Con fecha de aparición fijada en el 2000, según
la carátula, “Torrente” comienza con
la colombiana “Dos Hermanas”, cuyo título
no hace referencia –como podría pensarse- al
pueblo vecino a Sevilla, sino a sus dos hermanas, María
José y Esther. El tema es fresco y pegadizo, en virtud
de un estribillo melódico que, apoyado por el bajo
de Alejandro Vaquerizo y los múltiples instrumentos
que aporta Tito Duarte, adquiere un aire centroamericano
cadencioso en el que los grandes alardes técnicos,
de los que Oscar Herrero tampoco es muy amigo, no tienen
cabida. Atractiva es la aparición del saxo de Duarte,
que viene a aportar una nota cálida con aroma a ron
y dialogando con la guitarra se alejan cerrando la pieza.
Qué diferentes son, hoy día, el cante por
colombianas y el toque de guitarra solista.
La alegría “Miragua” cuenta con un reparto
de lujo: se abre con los pies de Javier Barón, que
dan paso a la voz de Carmen Linares, tiene al desaparecido
Antonio Galicia en tablas, Ramón Porrina en el cajón
y Sara Baras en las palmas -vaya elenco- y hasta el mar
aporta el sonido de sus olas como preludio a unas líneas
introductorias que dan paso, finalmente, a un rasgueado
muy cristalino y de ahí en más, falsetas de
gran belleza y de compás muy medido, característica
identificatoria del toque de Oscar Herrero, que de tan pulcro
y tan exacto en el compás, a veces pareciera que
no se arranca, no se suelta, no toca desde las tripas, pero
cuidado, que por otra parte hay muchos grandes guitarristas
que de tanto tocar desde las tripas hacen del compás
un chicle.
La taranta “Sombra y Candil” nos trae la guitarra
de Herrero al desnudo. Con un comienzo que recuerda más
bien un aire de granaína por la manera de conducir
la línea melódica, casi parece que va a cerrar
la primera idea con el característico glisando del
FA# al SI de llamada al cante y sin embargo es precisamente
en ese instante donde aparece, para quedarse, el sabor mineral
de la taranta a plenitud, con todos sus bordonazos y sus
quiebres y abismos, sin perder por ello la característica
melódica que define a Oscar Herrero como compositor.
Un tema bellamente oscuro, de final reflexivo.
“Carmen” es el título de unas sevillanas
muy entretenidas que Oscar dedica muy cálidamente
a su mujer, a su compañera y musa inspiradora. Estas
cuatro coplas cuentan, nuevamente con un invitado sorprendente,
pues al bajo de Vaquerizo y el tabla de Galicia se suman
ahora las palmas de Víctor Monge “Serranito”
(¿no andaba por ahí el maestro Paco, para
que se marcara un cantecito...?). Con idéntica introducción
en las cuatro coplas, las hay dos en MI menor y dos en SI
menor. Modulantes, melódicas y tiernas, resultan
ser una joyita digna de acompañar la dedicatoria.
En el quinto corte llega un trémolo a dos guitarras
con Serranito, a quien Oscar Herrero acompañó
por varios años. Con el título de “Armonía
para dos Mundos”, nos recuerda en alguna medida los
trémolos románticos de Manuel Cano. Un tema
agradable.
Al pintor Antonio López Torres, de Tomelloso, como
él mismo, dedica Herrero el tema “Paisano”.
Se trata de una música netamente descriptiva que
quiere retratar a este personaje que forma parte de los
recuerdos de su infancia. La obra, compuesta como una pequeña
suite, está formada por cuatro partes, con participación
del violoncello de Joaquín Asumendi, que contribuye
a aumentar el panorama expresivo de sensaciones y lugares.
Las percusiones y el saxo de Tito Duarte
cambian la atmósfera súbitamente y con agitado
ritmo entran en ese mundo misterioso que rodea a alguien
cuyo contacto con la realidad es un secreto inexpugnable.
Llama la atención el final, cuando muy a último
momento desaparece la guitarra, callan súbitamente
las percusiones y se oye un fraseo del saxo en solitario,
sincopado, buscando algo, un poco ansioso, un poco demente.
Un tema sumamente interesante, de lo mejor del disco por
su concepción y sus ambientes sonoros.
Y llega la bulería “Torrente”, que da
título al disco. Nuevamente la legión de invitados
ilustres se hace presente: Javier Barón al baile
y palmas, Sara Baras dando palmas, Ramón Porrinas
en el cajón y la voz de Gabriel Moreno, esa voz flamenca
de noble cepa que hasta por bulerías nos sabe a taranto.
Con muy pocos compases rasgueados, esta bulería es
algo como una sola gran falseta con variaciones. El cante
de Gabriel Moreno reaparece hacia el final de una forma
muy atractiva : cesa la guitarra y la voz queda acompañada
solo por compás del cajón, las palmas y los
tacones, para dar entrada nuevamente a la guitarra y cerrar
la pieza.
En el noveno lugar aparece la soleá “Manantial”.
Con un comienzo que nos recuerda un tanto a Paco de Lucía
por lo melódico y a Manolo Sanlúcar por el
tejido de arpegios, esta soleá constituye otro de
los momentos culminantes y mejor logrados del disco. Por
momentos algo nerviosa, de carnes apretadas, se va desgranando
con parsimonia pero sin decaimiento. Técnicamente,
la ejecución es impecable, los rasgueados son filosos
y expresivos (¿será el rasgueado de “Marote”?)
y la conducción y realce de las líneas melódicas
de cada falseta nos recuerdan que estamos escuchando a un
gran guitarrista, pero antes que eso a un gran músico
flamenco. El final, definitivamente desconcertante por lo
poco preparado e intempestivo, no empaña los méritos
de esta bellísima soleá.
El final llega con la guajira “Tierra Mojada”,
segunda aventura de Oscar Herrero al mundo de los estilos
“de ida y vuelta” en el mismo disco, que celebramos
de manera especial ya que hoy por hoy estas formas parecen
destinadas a entrar en otro “período glacial”,
no sabemos si por el amor que los guitarristas flamencos
de la actualidad profesan a los acordes menores, aumentados,
disminuidos y poli-armónicos, ante los que la tradicional
tonalidad de LA mayor resulta lo mismo que la luz para el
vampiro, o a que definitivamente estos estilos “disfrutan”
de un menosprecio, por demás bastante injusto, debiendo
ceder su sitio a los más ancestrales y trascendentes,
como si la convivencia no fuera sana. Colombianas y guajiras
de enorme belleza han compuesto y grabado otros tocaores
de merecida fama, como José Antonio Rodríguez,
Manolo Franco, Rafael Riqueni y antes el propio Paco, el
maestro Sanlúcar y Serranito y que sepamos “no
les pasó ná”.
En suma, este “Torrente” es un hermoso disco
de guitarra flamenca que da testimonio de lo que Oscar Herrero
hacía hace 5 ó 6 años. Bien merece
la pena escucharlo con detención, entendiendo que
lo de Oscar no es la velocidad ni el alarde pirotécnico
sino el compás exacto y el fraseo limpio. Hemos leído
hace algún tiempo opiniones que criticaban la sobriedad
del toque de Herrero y si bien corresponde respetar tales
opiniones, no las compartimos: ser sutil cuando hace falta,
no significa dejar de ser flamenco, como tampoco ser bestia
garantiza flamencura cabal. El flamenco es música,
la guitarra flamenca es música y tratarla como a
tal no constituye delito para quienes gustan de la música
como forma de arte. Hay quienes prefieren la gimnasia guitarrística,
la pirueta deslumbrante y la exhibición técnica
y si en medio de eso asoman buenas falsetas, mejor, pero
parece que no es lo fundamental. Pero Oscar Herrero transita
por otro camino, tenemos el placer de conocerle y nos consta
que lo suyo es, exactamente, lo que logra en este disco:
hacer música.