El
pequeño reloj de Enrique Morente
salió a mediados del 2003. No podemos decir, por
tanto, que esta reseña goce del atractivo que ofrece
la rabiosa actualidad. Se trata más bien de una observación
reposada, tranquila, aprovechando el tiempo como elemento
fundamental de su contenido, dejando que éste sea
una parte importante de las reflexiones que a continuación
volcaré sobre este papel que con cada segundo que
transcurre va ganando blancura y extensión, y que,
después de un año de estar el uno frente al
otro, ha acabado por mirarme desafiante y sin respeto alguno.
Y entenderán mi retraso como necesario si tienen
en cuenta la dificultad que implica reseñar un disco
como el de Morente. Para cualquier otro disco flamenco basta
con hacer un recorrido por cada uno de los cortes con cierto
espíritu crítico, sin más, porque en
casi todos los casos, los temas suelen ser inconexos. Por
tanto, no hace falta un análisis de conjunto alguno
ni reflexión sobre la obra como tal.
La primera excepción a este argumento la encontramos
en el disco Persecución de Juan Peña ‘El
Lebrijano’, donde desarrollaba la idea de la marginación
que los gitanos han sufrido a lo largo de la historia. Incluso
hay una creación personal en el cante por galeras.
Pero casi todo el desarrollo se circunscribe a las letras.
Morente llega mucho más lejos con este último
disco. El maestro del cante ha roto el concepto que tradicionalmente
teníamos los aficionados de un disco flamenco presentando
una obra discográfica como una obra de arte, desarrollando
el concepto del tiempo desde ópticas distintas como
si de un libro de poemas se tratase, estructurando el orden
de las letras y de las músicas; un disco donde cada
poema es una obra en sí, y la fusión con el
resto de poemas altera y complementa el mensaje final, donde
todo es un juego y todo vale, donde el lector forma parte
de la obra y la cambia a su entendimiento, donde Morente
crea su propio lenguaje incidiendo en sus obsesiones desde
un punto de vista musical y dejando rienda suelta a su naturaleza
creadora.
En su coqueteo con el tiempo, conjuga lo tradicional, lo
añejo, con la tecnología. Mientras deja constancia
de una época fundamental del flamenco, con cantes
clásicos sobre toques clásicos (a la cual
perteneció y ahora engrandece con su aportación
constante), experimenta con nuevas y sorprendentes armonías
que aún no han llegado al flamenco moderno.
Claro... que hablamos de Morente, ése que tuvo el
valor de grabar un disco para ensalzar la figura de don
Antonio Chacón, tan ultrajada y vilipendiada por
Mairena y su séquito, y en el año 1977, cuando
más fuerte andaba el movimiento; ése que tuvo
el atrevimiento de hacer un disco fuera de los cánones
del flamenco, que tenía hasta guitarra eléctrica,
que parecía que estaba "despegando" el
cante de la raíz y que lo que realmente hizo fue
arrancar el corsé que tanto asfixiaba y coartaba
la libertad del artista.
1977 fue un año muy importante para Morente, y en
su transcurso aportó cosas que tuvieron una notable
incidencia en el flamenco. Tuvo lugar la primera dualidad
del granaíno al grabar el Homenaje
a don Antonio Chacón y el Despegando.
Clásico, ortodoxo y solemne el primero; moderno,
heterodoxo, sofisticado el segundo; reivindicativos y artísticos
ambos. Ángel y demonio, ying y yang, D. Quijote y
Sancho, provoca sentimientos encontrados, dualidad que estalla
en el aficionado, el cual, por un lado, aprende a valorar
la figura de Chacón y, por otro, renuncia de las
formas musicales de Morente. Dualidad que se repetirá
siempre en este personaje en el que se encuentran valores
de peso para concederle el Premio Nacional de la Música
o el Premio Nacional de la Cátedra de Flamencologia
de Jerez, y que no estaba "bien visto" en Andalucía
Occidental mientras cantaban sus tangos por las calles de
Jerez sin saber que eran del granaíno.
Decía Sábato que vivimos sin llegar a pensar
en la trascendencia de pequeños detalles que serán
cruciales en nuestra vida, y que podremos percibir muy a
posteriori, con una reflexión profunda y asociacionista
de todo lo que nos ha sucedido. Imagino que para el maestro
uno de esos pequeños detalles será su relación
con la palabra ‘Estrella’ que seguramente mantiene
cierta intimidad con su carácter rebelde y quijotesco.
Y después de tanta desavenencia con molinos de viento
y otras mastodónticas arquitecturas, ése que
a lo largo del tiempo ha luchado contra el tétrico
inmovilismo y ha terminado venciendo, se nos presenta con
un pequeño reloj en la mano, confesándonos
al oído que se siente atrapado en él, que
ha entendido que el tiempo es la exacta dimensión
de la tragedia humana, la única dicotomía,
la paradoja esencial que nos lleva hacia adelante y nos
hace crecer, pero que no nos permite parar y nos aniquila;
y a ello no se le puede hacer frente ni siquiera desde la
pobreza moral, la ignorancia ni desde la desesperación.
El disco Despegando tiene 27 años y es un clásico
del flamenco. Su hija Estrella es cantaora de primera línea.
Enrique tiene "tó’s los premios der mundo"
a pesar de haber hecho 7 saltos mortales en distintas direcciones.
Siempre dándonos una vuelta de tuerca más
para demostrar que los caminos del flamenco son inescrutables.
Y ahora aparece con una obra de arte en formato disco que
se pierde, como todas las obras de arte, en la búsqueda
del absoluto, la quimera de todos los artistas.
Una de las muchas innovaciones que Morente introdujo en
el flamenco fue la de musicar poetas cultos. Sigue esta
línea al utilizar el título de un poema de
León Felipe para poner nombre al disco. Un poema
que desarrolla la idea de que el tiempo se puede medir de
muchas formas distintas, y para ello Morente utiliza las
olas del mar, con su cadenciosa eternidad y asemejando la
ola con la unidad mínima de medida. Otra forma de
romper los cánones es abandonar el segundo como concepto,
adoptemos las olas que crecen y se rompen eternamente, "más
olas que estrellas y que granos de arena...".
El tiempo es una categoría absoluta, y él
ha querido, no imitar esta cualidad, sino construirla, refundarla,
y para ello es necesario construir distintas dimensiones,
alejarse del detallismo más o menos artístico,
e ir a lo esencial, de manera que cada una de las partes
tiene interés en sí misma y, a su vez, adquiere
sentido en su relación con las demás, hasta
formar la imagen perfecta se la mire desde donde se la mire.
Y eso es lo que hace el maestro con la selección
de las letras, con el orden de los cortes, con la elección
de los guitarristas, y con su propio registro. Y quiero
que me entiendan que cuando hablo de dimensión no
me refiero al detallito más o menos sobresaliente,
sino que les hablo de líneas artísticas de
desarrollo del trabajo.
La primera dimensión (y quizás
la de más importancia) es la que crea utilizando
para el acompañamiento de su voz: guitarras tan importantes
como la de Montoya con su mítica rondeña,
la de Manolo de Huelva, extraordinario guitarrista y piedra
angular del acompañamiento por bulerías, y
Sabicas, una de las guitarras más prodigiosas de
la historia del flamenco y referencia obligada.
Lo que Enrique defiende es la atemporalidad del flamenco,
del arte. En definitiva, recrea lo que siempre ha sido bueno
con su propia actualización, con la propia experiencia
sobre las notas de la guitarra. Son muchas las soleares
que se pueden cantar, pero Enrique sólo ve "Los
lamentos de un cautivo...", una de las letras conocidas
que gozan de mayor antigüedad y le da un nuevo significado.
En el toque que Manolo de Huelva grabara hace 40 años,
Enrique sólo ve a los africanos que vienen en patera
y no llegan a tocar tierra peninsular.
Consideremos el particular recorrido por la historia del
toque flamenco en las formas de Ramón Montoya, Manolo
de Huelva, Sabicas, Tomatito, Pepe Habichuela y Niño
Josele. Para estos dos últimos utiliza toques totalmente
actuales, ya que con Tomatito recurre a una grabación
en directo de 1996, cuando Tomatito aún era guitarrista
de acompañamiento.
Otra línea de desarrollo está en la disposición
de los primeros cortes, ya que después de la rondeña
de Montoya, con espectaculares armonías, encontramos
el cante levantino y azambrado que le da título al
disco. No es la primera vez que Enrique construye una copla
por levante aunque en esta ocasión busca la cadencia
ruidosa del tiempo sobre el reloj demostrando una extraordinaria
valentía al cantar el "tic tac" que, como
primer impulso, provoca una sonrisa hasta que descubres
la profundidad de la "broma". Después de
la sobria y ligada soleá con Manolo de Huelva, entra
la futurista guitarra de Niño Josele con el no menos
futurista cante del de Graná, y lo mismo sucede con
la alegría que rescata de su disco con Sabicas y
la que adelanta con Pepe Habichuela.
Reconoció en una entrevista que la idea vino por
un disco que sacaron con toques de Manolo de Huelva, que
eran acompañamientos, pero dice con humildad que
sólo faltaba saber qué cantes les pertenecían.
Acopio de humildad injustificada si consideramos la relación
que tuvo con Manolo de Huelva. El resto es simplemente desarrollo.
Unir escuelas de toque antiguo y su propia evolución
utilizando a Sabicas y a Pepe Habichuela en las alegrías,
que se reconoce discípulo del primero, a Manolo de
Huelva y a Niño Josele en la soleá, guitarristas
de compás y percusivos.
Especial mención merece la alegría que no
incluye ninguna letra relacionada con el tiempo. Podríamos
considerar como tradicional la tendencia del maestro de
Graná a crear armonías para este palo, aunque
también podríamos interpretarlo como una guerra
con sus propias obsesiones, y en esta batalla va un paso
más allá de lo que en otras anteriores inició
con la cantiña de Belmonte.
El cante tradicional versus la evolución más
vanguardista. Estos dos últimos cantes (soleá
y alegría), son sin duda el flamenco que oiremos
dentro de 20 años.
La Policaña es una creación personal que nada
tiene que ver con el corte que le precede, la caña
del Tío José el Granaíno, que según
Morente se caracteriza por tener los tercios de doble duración
con respecto a otras versiones de caña. Lo cierto
es que cada vez que escucho la Policaña me acabo
acordando de la bulería “Pá mi Manuela”,
y eso que ahora se ralentiza el ritmo y se prioriza la armonía.
Seguimos por tanto, con el desarrollo de las obsesiones
o por el contrario, ha intentado construir el eslabón
que une la caña con la bulería.
Los tientos Plaza Vieja son un regalo para los aficionados
de ese Morente que siempre hemos disfrutado por su sentido
de la responsabilidad y de la improvisación. Éste,
como el resto de los cortes del disco, gira en torno al
tema del tiempo de una u otra forma "Hasta el reloj
de la audiencia, tiene venganza conmigo".
Caramelo cubano es un pianista afincado en Madrid. Este
corte está basado musicalmente en guajira aunque
el cante más podría catalogarse como cabales.
La Bulería de Bécquer se caracteriza por su
trepidante ritmo y por tener las falsetas dobladas con el
bajo de Alain Pérez. Vendiendo flores son Tangos
granadinos, que llegan al sumum con la letra "Casi
te lo agradecí".
"Alegato contra las armas", basada en un fragmento
musical de Claro de luna, es una joya de protesta de la
mano de un clásico de lo clásico. Beethoven
y Morente nos invitan a la conciliación desde la
música, que es apátrida, porque es de quien
la disfruta y la regala. La confrontación de dos
mundos distintos que se funden en las notas de un Beethoven
melancólico y ordenado, apacible y sereno.
Y se despide diciéndole al molesto reloj "Déjame
pasar las horas a ritmo de tango" y lo dedica a Lula,
en el que reconoce la esperanza de Brasil. Un poquito de
esperanza para el tiempo que viene...
Terminaré por el principio, tal y como empecé,
reconociendo la falta de actualidad de esta reseña.
Aprovecharé también la ocasión para
poner en duda la cordura de quien hasta aquí me haya
leído, que ¡ya tiene ganas...!. Y cómo
no... agradeciendo al maestro Morente este trabajo que sin
duda lo reafirma en su inmortalidad.
Y como dice un poema de alguien a quien el tiempo me ha
enseñado a querer como si fuera yo mismo:
"Inexorables, como
hojas de caída eterna,
los segundos van cayendo...".
Y ahora sí…!
Voy a acostarme.