Miguel Rivera es un guitarrista serio que ha ejercido siempre
como profesional en muy distintas facetas de la profesión.
Su primer concierto tuvo lugar en la Complutense de Madrid
cuando contaba 20 años de edad. Desde entonces hasta
ahora ha estado 9 veces en Japón, ha sido invitado
por el Consejo de Arte Australiano para divulgar la guitarra
flamenca, ha grabado su primer disco titulado “Verde
esperanza”, ha incursionado en la fusión con
otras músicas, ha formado parte durante del grupo
de Victor Monge “Serranito”, ha recorrido España
y Sudamérica con Joan Manuel Serrat en su gira “Serrat
Tarres” y ha trabajado como concertista internacional
en numerosos países, representando en muchos de ellos
a la cultura española.
En el 2006 nos presena su disco titulado “Contrastes”,
que viene a configurar una concepción de la guitarra
flamenca, siendo, como él mismo apunta, “una
forma de ver la música flamenca en un momento puntual”,
sin más pretensiones.
Sus principales colaboradores en este proyecto son músicos
con los que ha trabajado en muchas ocasiones : Andrés
Bedío, Eva Durán, Víctor MOnge Barrios
o Mariano Cruceta.
Entre
tantos discos de guitarra como salen en estos últimos
tiempos, Rivera aparece con un trabajo personal e intimista,
que como es lógico, deja vislumbrar las influencias
de todo lo que ha escuchado y le ha marcado como músico
y como aficionado.
En el discurso de Miguel Rivera no encontraremos racialidad
porque su concepción del flamenco es plural y vanguardista.
Lo que sí encontraremos es un racional equilibrio
entre el arte y la técnica.
En la soleá, en la bulería, en el zapateado,
es decir, en las composiciones más tradicionales,
podemos apreciar una pulsación flamenquísima,
y además, haciendo gala de una intención inquieta
que está en permanente juego con el contratiempo,
sin perder de vista el desarrollo musical. Y eso es algo
que llama la atención, porque se aleja de la idea,
excesivamente extendida, de crear composiciones a fuerza
de unir un grupo de falsetas que nada tienen que ver unas
con otras.
En Miguel Rivera encontramos lo contrario. Composiciones
compactas, porque a pesar de no sacrificar nada, prioriza
el desarrollo musical. La duración de los cortes,
su brevedad, corroboran la idea que acabo de exponer. Esa
Priorización del desarrollo musical le hace ajustar
la medida de cada corte, sin añadir más aderezos
innecesarios. Dice lo que tiene que decir, y no hace concesiones
al relleno.
Si en el tango “Dulce Pasión” identificamos
algún recurso basado en Vicente Amigo, en los jaleos
“Burbujas de nácar”, de compleja instrumentación,
acude a una interesante y original simbiosis de guitarras.
“Yerbamate” es un tango-milonga que refleja
la esencia de la cultura musical argentina, entre otras
cosas, porque Rivera sabe desprenderse de su impronta flamenca.
La taranta “Añoranza” es una pieza difícil
que empieza con carente sabor levantino, pero que va ganando
emoción y profundidad a lo largo del desarrollo;
algo que no sucede con la soleá, que desde que comienza
es un constante aguijón en los sentidos, que suena
anuevo a pesar de ser absolutamente clásica en su
concepción.
Y Amanecer en Madrid. Preciosa composición que te
hace imaginar el despertar de un Madrid noctámbulo
y taciturno, que va tomando en su desperece un trepidante
ritmo vital. Y te imaginas el desosegado tráfico,
y la prisa , que como siempre llega tarde, y el desayuno
de urgencia, y la luz que inexorable vuelve a iluminar el
interior de los pisos cuyas persianas reconocen la brisa
helada del rocío, y los cajeros que se van despejando
de huéspedes, y las golondrinas que siempre volverán…