De la escuela gaditana,
lo que se dice gaditana…, esa que remanece del Mellizo
como tronco principal y que siga fiel a esta estética,
no hay tanto flamenco como puede pensarse. Lo que pasa es
que el que ha habido, ha hecho mucho, pero que mucho ruido.
Y eso, sin duda, ha sido por su extraordinaria calidad.
Desde el Mellizo, del que
sólo podemos considerar sus creaciones, hasta nuestros
días, pasando por Aurelio, Pericón, Manuel
Vargas, La Perla; en la estética que conocemos como
genuinamente gaditana no podemos enumerar muchos artistas,
pero casi todos ellos han marcado un surco imborrable en
la historia del flamenco. En el momento actual sucede lo
mismo: Rancapino, Chano Lobato y Mariana Cornejo son los
máximos baluartes de este rincón geográfico.
Y siempre es una alegría
encontrar un disco de alguien como Mariana Cornejo, que
en su trayectoria ha permanecido fiel a su planteamiento
musical, sin prisas, sin estridencias, sin alardes. Cantar
como Mariana es muy difícil, porque para ello hace
falta tener esa gracia que sólo Cádiz sabe
imprimir a sus artistas.
En este trabajo tenemos un claro ejemplo
de cómo respira actualmente el mercado discográfico,
que impone a los artistas la inclusión de ciertas
licencias que se escapan del flamenco más tradicional.
Que si una rumbita con claves de salsa, que si una canción
arrumbada, que si una zambra homenaje a la Paquera de Jerez…
Y lógicamente, hay que abordar los palos más
pegadizos, los más livianos y los que más
venden. Así encontramos tres cortes de bulerías,
uno de fandangos de Huelva, un tanguillo, una cantiña
y una soleá. También es cierto que son los
cantes de compás los que siempre ha cultivado Mariana…
Como dato curioso,
el tanguillo titulado “La guapa de Cádiz”,
que podríamos definir como el Hip Hop andaluz, y
que nació hace más de 20 años. Y como
recomendación, la soleá, con un sobresaliente
Pascual de Lorca a la guitarra y la verdadera esencia cantaora
de Mariana Cornejo.