Les toca el turno a un padre y a un hijo, separados por el destino durante sus vidas, pero con un denominador común. Que eran grandes cantaores, con tesituras de voz muy parecidas, a pesar de tener estilos muy distintos.
La voz de Sebastián el Pena es una voz más hecha, más natural que la del Pena Hijo. Su forma de interpretar los cantes obedecen a un carácter temperamental, acorde con una época en la que sólo cantaba el que podía por facultades. No en vano fue coetáneo y compañero de D. Antonio Chacón, la Niña de los Peines, Manuel Torre y otros míticos artistas de la época.
Con naturaleza de verdadero cabal, en los cantes que interpreta demuestra un exhaustivo conocimiento además de un dominio de lo Jondo extraordinario.
En este disco se rescatan algunas de las grabaciones de 1908 con la guitarra de Joaquín Rodríguez “El hijo del Ciego”, Estos 14 cantes, muy bien seleccionados, resultan ser una verdadera antología del flamenco de la época contextualizado : malagueñas, tarantas, fandanguillos, garrotín, guajiras, seguidillas, asturianas, chuflas (bulerias) y tangos (tientos).
Algo parecido sucede con los siguientes cantes del Pena Hijo para 1930. Seguidor de la escuela marchenera, voz más laína y menos potente, fundamenta su expresión en la profundidad del sentimiento y en unos bajos preciosistas y barrocos, muy en boga en la época, pero de una extraordinaria complejidad y de exquisito gusto.
Con esta tercera entrega de la serie “Viejas voces flamencas de Málaga” (antes fueron el Cojo de Málaga y el Niño de Vélez), la Federación de Peñas Flamencas de Málaga da un paso más en esta difícil empresa de rescate y revalorización de estos grandes artistas. Estas son iniciativas escasas y loables, que los aficionados debemos agradecer.
Incluir a los dos artistas en un solo volumen, nos da pie a comprobar, sin ánimo de comparar, la evolución del cante en algo más de veinte años en el mundo profesional. No sólo se matiza mejor el cante, sino que se conoce mejor. Como ejemplo podemos tomar la taranta, que si bien, Pena padre apenas lleva el cante a su sitio, el hijo la define con soberbia; aunque el mejor ejemplo lo encontramos en la cabal del Pena, que Maite Martín grabó en su disco Querencia y aprendió del Maestro Juan Valderrama. Mientras Pena Padre entra en una especie de lucha con el guitarrista para poder desarrollar el cante, sin apenas respiración, y deja un leve dibujo del arco melódico, el Hijo la frena, la saborea, la matiza, la adorna y la fija, con un ajustado acompañamiento y exultante resultado; sin duda, mucho más bella.
Ya nos preguntamos con qué artista nos sorprenderá la siguiente entrega…