Alberto García
era, como él mismo se denominaba, un “degustador
de flamenco”, pero ojo... “sabía distinguir”.
Era un aficionado cabal y tenía un extraordinario
sentido común.
Este libro es interesante por tratarse de
una obra póstuma, pero además por ser una
recopilación de notas rescatadas de su desasistido
escritorio. Como es lógico, los capítulos
son inconexos, pero ninguno queda inconcluso. Algunos, incluso,
pertenecen a presentaciones de eventos u homenajes.
El primero, titulado “La nacionalidad
de la rosa. El flamenco y su situación actual”,
si lo leemos sabiendo que está referido a 1972, es
pictórico... un cuadro aderezado con cierto aire
poético, en el que a pesar de intentar poner algo
de raciocinio en la investigación, no consigue salvar
las barreras impuestas por la hegemonía que ejercía
el “Mundo y forma del Cante flamenco” de Mairena
y Molina.
El segundo capítulo o tema se titula
“Poesía flamenca. Las letras del cante”,
y se trata de un ensayo, aunque superficial, pero demostrando
conocimiento y ensalzado su carácter popular. Este
tema viene a cerrarlo en el último capítulo
del libro, al tratar de estudiar las letras de Moreno Galván.
En “La guitarra de Morón”,
hace un homenaje a esta escuela consolidada en la figura
de Diego del Gastor, para recuperar como elemento fundamental
a Manolo Morilla, con quien compartió numerosos recitales
de poesía.
Con tan fuerte personalidad de poeta, no
podía faltar la oda que él titula “Apología
de la Soleá”. Simplemente, un lujo del que
con una lectura reposada podremos conocer cómo García
Ullecia concibe el cante, el arte, el artista y el flamenco
en su más amplio sentido:
“El artista se emociona y no se asquea, entre las
muchedumbres, las ahíja, las siente, las crea. Es
como el escultor ante el mármol virgen. Es Dios ante
la Humanidad”.
El “Primer Gazpacho Andaluz”
es un texto superficial, y luego continúa con algunas
semblanzas de distintos artistas, incluyendo un estudio
sobre la grabación de Antonio Mairena de 1958.
Lo cierto es que en algunos momentos, seguramente
por las influencias lógicas de la época, se
vislumbran encantadoras contradicciones, producto de la
evolución personal a la que todos estamos sometidos,
y en otros, parece el eslabón perfecto entre los
flamencólogos de elogio fácil y compromiso
partidista, y aquellos que se han casado con el rigor y
la objetividad.
En cualquier caso, García Ulecia
es un aficionado de los de antes, curtido en mil reuniones
de cabales, que conoce el lenguaje, los símbolos
y las claves de lo que no se dice, del silencio...
Esto queda patente en la semblanza que hace
de Joselero de Morón, rememorando los cantes que
éste bordaba, o de la nieta del Pinini, Fernanda
de Utrera, de la que dice que “no es larga, sino honda,
y no extensa, sino intensa...”.