Esto no es una biografía al uso.
Más bien se trata de un recuerdo del autor, de una
experiencia, de un pensamiento, de un balance… Más
bien, podríamos hablar de una semblanza del malogrado
Camarón. Este libro es un constante deambular entre
el ying y el yang, entre la espera y la desesperación,
donde a veces se confunde el protagonista por una especie
de extraño duelo al que el autor se somete en el
estilo narrativo, donde por momentos el obediente lector
pierde la noción del sitio donde se pretende que
mire.
Lencero se destapa en el género y no lo hace mal,
es cierto que incluso tiene momentos estelares, por lo menos
al principio. Y por eso queremos animarle desde aquí
a que siga trabajando en esta línea. Sobre todo,
porque ha sido capaz de construir todo un libro partiendo
de unos pocos datos y de dos o tres encuentros con el de
la Isla. El resto ya se había contado con anterioridad.
Seguramente, deberíamos distinguir los dos aspectos
del estudio que Lencero realiza. El primero, y el más
interesante, circunscrito al personaje y el segundo, algo
más impreciso y sectareo, que versa sobre la obra
de Camarón. Ambos desarrollados por el alma de un
artista, con la falta de rigor que eso pueda suponer, pero
con la belleza que aporta la prosa poética de una
sensibilidad inteligente.
“EN
UN PRINCIPIO, se supone el Silencio. No el Verbo. Luego,
un ruido brutal. Un maremágnum. Después, casi
el silencio. Y, luego, un grito. Tardó en llegar
el Hombre. Desde el pez hasta el lobo fueron eternidades.
Hubo gritos diversos: de terror, de alegría, de calma
y de peligro, de celo y de nostalgia. Todos, de aviso.
Algunos individuos demostraron cierta facilidad para gritar.
Fueron << los gritadores >>. Gente especializada.
Inventores de códigos y claves que la especie entendía.
Su tiempo fue anterior a la lengua. Muy anterior.
Con el paso del tiempo, el grito acabó siendo música.
Se armonizó. El recuerdo del miedo. Del terror del
origen. El recuerdo del grito. Y perduró en la sangre
y en los genes. Los muy pocos que sabían emitirlo,
preservaron el grito. Lo fueron transmitiendo. Una lengua
que casi nadie y todos entendían.
Está en Bach. Y en Vivaldi. En los enfermos de cáncer
y de sida. En las plazas de toros..... En la trompeta de
Miles Davis. En le saxofón de Charlie Parker. En
la ruda garganta del señor Juan Talega. En la voz
de ángel roto de Camarón.”
¿O no?
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