Si lloras por haber perdido el sol,
las lagrimas te impedirán ver las estrellas...
Esto lo hubiera podido decir Chopin, Chaplin, Tagore o Peter
Pan, pero para hacer honor a la verdad, no imagino al Sr.
Gómez acariciando estas palabras y mucho menos estos
conceptos.
El Servicio de Publicaciones de la Universidad de Córdoba
edita este libro de Agustín Gómez, que si
bien demuestra un extenso conocimiento en la materia, también
hace gala de un carácter especialmente chovinista.
Para enmascarar esta actitud intenta hacer pasar por su
propia experiencia toda la flamencología conocida,
que es lo mismo que intentar hacer pasar un elefante por
el ojo de una aguja.
Lo primero que me llama la atención, tanto del Sr.
Gómez como de otros escritores de flamenco, es cómo
se autoproclaman “flamencólogos”. Ante
esto, siempre me acuerdo de la llamada que formulaba Ortiz
Nuevo en su Alegato: “que alguien me diga dónde
dan el título”. Mi pregunta es dónde
está la frontera entre el aficionado y el estudioso.
Hasta ahora, y mientras que no exista una regulación
académica estándar establecida, la denominación
de “flamencólogo” no deja de ser un reconocimiento
al conocimiento, y por tanto, deberían ser siempre
los demás quienes deban colgar dicho cartelito en
el cuello de alguien, y resultará presuntuoso y patético
hacerlo uno mismo, por muchos libros que uno haya publicado.
Y es que a este autor, si lo dejaran, colocaría el
origen de todos los cantes en su Córdoba natal, por
lo menos esa es la sensación que da esta lectura;
de hecho, con algunos ya lo hace… Valgan como ejemplo
las serranas, los fandangos o el polo y la caña.
Para el que los cantes de levante siguen siendo los grandes
desconocidos, la pasión que siente por el cante de
Fosforito es manifiesta, hasta el punto de que cada vez
que puede lo pone como referencia de las cosas bien hechas,
quizá demasiado; ni intenta disimular la aversión
que siente por la teoría que defiende lo flamenco
como propiedad de la etnia gitana. Es justo decir que la
pasión de sus expresiones le resta rigor a sus argumentos,
que el tratamiento peyorativo que da a lo relacionado con
Mairena y su entorno raya en lo banal, y que aplicar determinadas
coletillas a todo es sinónimo de repetirse en exceso.
La estructura con la que aborda cada uno de los palos es
irregular. El tratamiento que da a cada palo varía
de uno a otro no permitiendo al lector que se acomode en
la estructura para conseguir un mejor entendimiento. Pero
lo más grave es que estas variaciones, que también
son arbitrarias, se interpretan al final como un recurso
más del autor para conseguir sus objetivos, que no
son otros que arrimar el ascua a su sardina o la exposición
de algunas teorías de corte personalista y superficial
que aportan muy poco a la investigación rigurosa.
En cualquier caso, no dudo que el objeto
del trabajo sea eliminar ciertos mitos arraigados en la
cultura flamenca. Es más, intenta hacerlo desde su
sentido común. Lástima que el sentido común,
a veces, no sea el más común de los sentidos.
Valgan estos tres ejemplos :
Sobre el Polo y la Caña :
<< Sin embargo, el careo de la serrana con la caña
nos hace intuir una fuerte asociación con la Serranía
de Ronda, acumulándose a ello la fuerte asociación
del polo con elementos melódicos de la rondeña
y el zángano, miren por donde también estos
últimos en ritmo ternario acompasado en aire verdial,
conectados a la provincia de Córdoba por el río
Genil que viene desde Sierra Nevada >>.
Más descarado se muestra en los cantes libres :
<< no todas las tarantas y mineras son de Murcia,
o Levante, las hay también en Linares y La Carolina
(Jaén), en Almadén (Ciudad Real), en Peñarroya-Pueblonuevo
(Córdoba), y hasta es posible que, de no autosatisfacerse
tanto con el fandango, Huelva también encontraría
huellas de cantes mineros en Río Tinto y Tharsis
>>.
Se destapa en este comentario un sentimiento de búsqueda
de aquello que pudiera pertenecerle o mejor, que se pudiera
atribuir. Y le da de esta forma una patada en la cabeza
al rigor informativo si autoproclamándose flamencólogo
como lo hace, apunta, sin ningún tipo de información
que lo contraste, la existencia de una taranta en Córdoba.
Y termino con esta otra joya que incluye en la exposición
sobre los Fandangos de Huelva, cuyo aflamencamiento sitúa
en 1870 :
<<Rafael Marín, nacido en Pedroso de la Sierra
(Sevilla) en 1862, discípulo distinguido de Paco
el de Lucena, publicó en 1902 “Método
para guitarra. Aires Andaluces (Flamenco)”. Del fandango
escribe: “Con éste pasa lo mismo que con la
malagueña; pero la parte donde mejor se canta es
por la provincia de Córdoba, teniendo fama el fandanguillo
de Lucena, pueblo de esta provincia>>.
Pues nunca es tarde para aprender....
¡Anda ya!