"Arte y Artistas
Flamencos" de Fernando el de Triana es una obra clave
para la investigación sobre el flamenco. Con este
libro se desterraron determinados mitos que nuestra consciencia
histórica y nuestro conocimiento sobre épocas
pasadas, había alimentado. La falta de documentación
no perdona…
Ahora contamos con
bastantes trabajos recopilatorios de datos y críticas,
que resultan ser vaciados de recorridos por hemerotecas.
Trabajos tan imprescindibles como impagables, pero contamos
con muy pocos testimonios de artistas que nos den opinión,
mojándose, de sus antecesores y de sus coetáneos,
y que de una u otra forma, nos ayuden a tener una visión
general de su época. Pareja lo hizo de la mano de
Juan Biondi como escribiente allá por 1951, aunque
ese libro, anunciado en varios medios de comunicación
de la época, no llegó a publicarse nunca.
Es Juan Rondón
y su infatigable búsqueda de la verdad quien consigue
ponerlo en nuestras manos por medio del Concurso Nacional
de Arte Flamenco de Córdoba.
Y es curioso que un
libro como éste se haya publicado con una edición
tan cortita en ejemplares, que al día de hoy sea
prácticamente imposible conseguir un original del
mismo. Y lo digo con mucha pena, porque este trabajo se
suma por derecho propio a los libros claves e imprescindibles
para el estudio de nuestra historia del flamenco.
Después de
leerlo, sólo queda la sensación de que en
la investigaciónqueda mucho camino por recorrer.
Es más, que hay mucho camino recorrido que hay que
“desandar”…
La estructura es sencilla
y muy amena. Primero, el testimonio de Pareja, ¡que
a los maestros hay que dejarlos hablar sin interrumpirlos!.
Luego, interviene Rondón con esa máxima de
… “Vamos a ver si es verdad lo que dice el
Maestro”, aportando un trabajo de investigación
encomiable, que sobrepasa muy sobradamente el notable del
rigor y la generosidad informativa.
“La puntilla”,
“el remate”, “la deducción”
o “la apreciación del matiz” viene de
la pluma de Romualdo Molina, que además de aportar
su granito de arena en cada una de las anotaciones de Rondón,
completa el libro con un interesante apéndice en
el que trata varios temas de especial interés y que
se desprenden del testimonio de Pareja sin tratarse de forma
explícita. Cuestión de matices, si se quiere
pensar…pero que vienen a poner cosas en el sitio
que le corresponden. Por ejemplo, trata con especial sensibilidad
la enseñanza y el aprendizaje, algo que siempre se
ha obviado en el mundo del flamenco, o mejor dicho, se ha
maquillado e incluso camuflado con la expresión “transmisión
oral”.
Pareja pone de manifiesto,
queriendo o sin quererlo, yo diría que de forma natural,
la importancia del maestro y de la relación de éste
con el discípulo. Romualdo Molina, agudo de observación,
sobrio en su planteamiento e inteligente en su perspectiva,
desarrolla todo un tratado en torno a este fenómeno,
y aprovecha, además,algunos de los entuertos que
el de Triana deshace de un plumazo (y nunca mejor dicho)
en su testimonio.
Por su parte, las
investigaciones de Juan Rondón se encaminan en todo
momento a servirnos de guía de lectura para poder
alcanzar y entenderla importancia de las palabras de Pareja.
Entre los muchos hallazgos,
descubrimos a guitarristas de los que no habíamos
oído hablar con anterioridad, tales como Chico Gil,
Chinchorrito o Cristóbal el de Villamanrique, o cantaores
como El Bohigas o El Petaca. Este último, de suma
importancia por ser el maestro de nuestro protagonista,
además de ser considerado por éste de la talla
del gran Silverio Franconetti.
Después de
que algunos investigadores hayan puesto en duda la existencia
del Café El Palenque, en el que Blas Vega y Ríos
Ruiz sitúan el debut artístico de Fosforito
el Viejo en 1883, viene Pareja a ratificar su existencia
para gloria de Jerez y del DEIF (Diccionario Enciclopédico
Ilustrado de Flamenco).
Rondón y Molina
aportan como dato curioso la relación entre la amistad
y simpatía que Chacón tenía con el
torero Rafael Molina “Lagartijo” y el nombre
con el que el cantaor etiquetó su cante de preparación
para la Granaína. Dicho nombre, “Media granaína”
se inspira en el pasito atrás que Lagartijo innovó
en el momento de estocar al toro, y que la afición
a la fiesta bautizó como “Media lagartijera”.
De igual forma, se
aporta cierta luz sobre la identidad del seguiriyero Marrurro,
con el que se ha especulado mucho sobre su verdadero nombre
y apellido, ya que para la memoria de la flamenquería
ha quedado que murió muy joven al salir de la plaza
de toros de Algeciras, cuando al parecer, el finado era
hijo de Antonio Monge “el Marrurro”, el verdadero.
Interesante planteamiento
el de Romualdo Molina sobre el mítico Enrique el
Mellizo, que realmente no aparece en los papeles hasta que
su hijo Enrique Hermosilla los divulga fuera de Cádiz,
y cuyos cantes son atribuidos por Breva Chico a Ramón
el de Triana, de quien los aprendió el Mellizo.
Rondón, en
otro pasaje, pone en tela de juicio que lo que conocemos
como Malagueña de la Peñaranda de boca de
Pepe el de la Matrona y grabado por Enrique Morente, sea
de dicha cantaora, ya que José Luque Navajas considera
este cante como una versión ralentizada de la bandolá
de los jabegotes recogida por las cantaoras Joaquina Payán
y María la Chilanga. De igual modo, puede ser significativo
que Pareja, reconociendo al Niño de Tomares como
seguidor y alumno de los cantes de la Peñaranda,
no le atribuya este cante. Y todo esto viene a confirmar
las dudas que Pepe de la Matrona siempre manifestó
sobre su autoría. De hecho, el Maestro Enrique Morente
me confesó que tras grabar el cante con esta etiqueta,
recibió una reprimenda de su Maestro, Pepe de la
Matrona, ya que él siempre dijo que creía
que era de la Peñaranda, pero que no estaba seguro…
Hasta tal punto, nuestros artistas mayores hacían
gala de un rigor que hoy brilla por su ausencia entre la
mayoría de los artistas en activo.
Otras de las teorías
que desmorona Pareja se refieren al Fillo y a su inexistente
relación con las Cabales que tantos investigadores
le han atribuido; las históricas afirmaciones sobre
la maestría que el Fillo desempeñó
sobre Silverio, siempre basadas en erróneas interpretaciones
de desafortunados comentarios; o el desarrollo cronológico
de los cantes de Cádiz (entiéndanse caracoles,
cantiñas, romeras y alegrias).
Y no perdamos de vista
que si Fernando de Triana era cantaor y guitarrista mediocre,
aunque culto, su importancia para el flamenco se deriva
de la creación de una malagueña y de su habilidad
para escribir lo que ha terminado siendo un legado documental
incuestionable. Con Pareja se dan circunstancias similares,
aunque su legado escrito nos llega mucho más tarde,
y por tanto, se diluye en la numerosa oferta investigadora
que vivimos.
Pero el matiz es importante,
y es necesario considerar que Pareja fue una institución
en el flamenco de la época. No sólo conoció
los cantes de Silverio, sino que los escuchó personalmente;
no sólo conoció a Chacón, sino que
fueron compañeros; no sólo habla de los artistas
mayores de su época, sino que también habla
de los menores, - muchos de ellos los hemos conocido personalmente
-, y aporta un fondo gráfico en el que muchas de
las fotografías están dedicadas por los propios
artistas y en cuyas dedicatorias reconocen en Pareja a un
gran Maestro.
Como creador, parece
que fue sobresaliente en lo que hoy conocemos como Tientos-Tangos,
y se le atribuyen músicas tan importantes y conocidas
como las asociadas a las letras :
- Inmediato, en aquel pocito inmediato…
- Con la banderita…, popularizada
por Pepe Pinto.
- Amparo, por Dios, Amparo…
Con sus palabras podemos
intuir un excelente y prolífico ambiente de afición
a laflamenquería, y a pesar de que en cualquier rincón
de Andalucía podía aparecer un aficionado
que consiguiera ponérselo difícil al profesional,
el flamenco siempre ha estado en manos de los profesionales.
Cerremos este capítulo
sobre este libro de Pareja,significando que lejos de requerir
una rápida lectura, es necesario buscar un sitio
privilegiado en la estantería de nuestra biblioteca,
muy cerquita de la mano para consultarlo muchas veces, como
si de un diccionario se tratara, y muy presente en nuestra
afición, como una manifiesta demostración
de que todo no está dicho.