De este magnífico libro hay poco más que decir
que no esté perfectamente recogido en el prólogo
que para su edición escribió Francisco López.
Y como personalmente creo que yo no lo haría mejor
ni más ajustado a la realidad, lo reproducimos a
continuación:
DANZA TEATRO
FLAMENCO
Con la amalgama de estas tres palabras
(Danza teatro flamenco) trataba de definir Mario Maya a
la compañía creada por él que, en 1984,
abría la III Bienal de Arte flamenco de Sevilla con
su montaje de El Amargo. La inquieta (e, inexplicablemente,
desaprovechada en la actualidad) personalidad creadora del
coreógrafo y bailaorcordobés fijaba de paso,
en los limites marcados por esta tríada terminológica
,el territorio inexplorado en cuyo seno se estaban produciendo
las búsquedas de los artistas flamencos más
inquietosy comprometidos del periodo tardofranquista y de
los primeros años de la democracia.; y en el cual
surgirían las aportaciones más significativas
(algunas de ellas, auténticos hitos) de esta generación
nacida entre los aledaños de la Guerra Civil española
y el comienzo de la década de los 50 del pasado siglo.
Entre similares latitudes se orienta y
origina este tercer libro de la serie que José Luis
Navarro viene dedicando a la historia del baile flamenco.
Y si en el primero de ellos(De Telethusa a la Macarrona)
se remontaba hasta la cita tópica de las danzarinas
de la HIspania romana para concluir en la época álgida
de los cafés cantantes; y en el segundo (El Ballet
Flamenco) se ocupaba de esa edad de plata
de la danza flamenca cuyos límites quedan fijados
entre el estreno de El amor brujo (1915) y los
años dorados de los trablaos, en pleno desarrollismo
español de la década de los 60 del pasado
siglo; en este nuevo volumen nos narra las circunstancias
y aconteceres de un hecho fundamental en el devenir de la
danza flamenca: el del encuentro definitivo entre el flamenco
y el teatro.
Con el rigor que le es propio a su condición
de profesor, José Luis Navarro empieza por delimitar
su campo de estudio. Para ello, establece como fecha preliminar
del mismo exactamente la del 15 de febrero de 1972, coincidente
con el estreno de Quejío por La Cuadra en
el Teatro Estudio de Madrid. Ese día-escribe-
se hermanaban cante y baile como lenguaje político
de los nuevos tiempos. Es más, ese día se
abría un nuevo capítulo en la historia del
baile flamenco. Porque ese día el baile invadía
los territorios del teatro. El baile flamenco ya no sólo
era capaz de poner pasos y movimientos a la música
sinfónica, sino que podía contar historias.
Y concluye: Fue un signo de madurez y una muestra de
la riqueza de su patrimonio.
A lo largo de las páginas que siguen
–páginas escritas de forma amena y con clara
intención divulgativa; bien documentadas, cuando
no son el resultado de la experiencia directa que del acontecimiento
tiene el autor; páginas de una crónica donde
no está ausente el discernimiento crítico
y la valoración personal de los hechos-, José
Luis Navarro irá dando cuenta de los logros individuales
y colectivos de una generación de artistas flamencos
cuyas señas de identidad compartidas son:
1.- El profundo conocimiento del arte flamenco
tradicional, obtenido fundamentalmente a pie de obra;
gracias a su aprendizaje y al contacto permanente con los
artistas de las generaciones anteriores.
2.- Desde el respeto absoluto por la herencia
recibida, la necesidad de encontrar los nuevos caminos expresivos
que dieran cauce a sus personalidades creadoras (renovación
desde la tradición). Mario Maya lo expresa de este
modo: Hacer el cambio como una necesidad intelectual,
no como una estética.
3.- No hay estética sin ética.
El artista es un hombre que dialoga con su tiempo. El artista
es un individuo comprometido con su tiempo.
4.- La necesidad de establecer un nítida
diferenciación entre el flamenco concebido como espectáculo
(y que debe regirse, por tanto, por reglas asimilables a
las de las restantes artes escénicas; incluidas las
que atañen a la definición y ejercicio de
la profesión) y su consideración como forma
de expresión.
La coreografía es el arte supremo
del nuevo discurso dancístico flamenco. Pero, como
advierte el ya citado Mario Maya,
Hacer una coreografía
no es poner tres pasos juntos. Hacer una coreografía
es coger un guión y desarrollarlo, tanto musicalmente
como plasmar su espíritu a través de la danza.
Es lograr una unidad completa entre el texto dramático,
la música y la danza.
Tres son los sumos sacerdotes de la nueva
religión: Antonio Gades, Mario Maya y José
Granero. A cada uno de ellos le dedica José Luis
Navarro extensos y bien ordenados capítulos; en los
que; tras el apunte biográfico relacionado con su
aprendizaje flamenco, traza un recorrido cronológico
por su obra, sintetiza sus aportaciones al baile (como ejecutante
y como coreógrafo) y reseña los premios y
distinciones que le han sido concedidos. Su legado conjunto
marca un antes y un después en la historia del baile.
Bodas de sangre, Fuenteovejuna, Camelamos naquerar,
El Amargo y Medea son (deben ser) hitos referenciales
de la danza flamenca de ayer, de hoy y de siempre.
José Luis Navarro se ocupa también
de otros coreógrafos significados del periodo, tales
como José Antonio o Rafael Aguilar. Con todo –y
como no podía ser menos en un libro de estas características-,
el afán conceptual de su autor no le impide atender
ni extender sus análisis a otros artistas y espectáculos
que hallaron en el binomio flamenco-teatro otros ámbitos
ajenos a la coreografía teatral como cauce de creación
y expresión. Así, la inclusión de un
capítulo dedicado a Salvador Távora se explica
por la recurrencia de este dramaturgo apocalíptico
al flamenco como estética y lenguaje teatrales, en
sustitución de la palabra hablada. La presencia,
en otro apartado, de personalidades bailaoras excepcionales
como son Manuela Vargas, Merche Esmeralda, Cristina Hoyos
o Blanca del Rey está refrendada, además,
por sus aportaciones como promotoras de compañías
y espectáculos gestados para su presencia en los
teatros. Proyectos singulares y exitosos, como Flamenco,
esa forma de vivir (de Manuel Morao) y A contratiempo (con
coreografía de Manolo Marín), responde a alguna
de las dinámicas apuntadas anteriormente.
La visión panorámica del
período se completa con un capítulo dedicado
a lo que el autor denomina bailes a la antigua usanza; expresiones
dancísticas protagonizadas por una nómina
de excelentes profesionales avalados por el marchamo de
la tradición. Aquí tienen su sitio bailaoras
de tronío como Matilde Coral, Lucero Tena, Mariquilla,
Angelita Vargas, Milagros Mengíbar, Ana María
Bueno o Pepa Montes; y bailaores de la talla del Farruco,
el Güito y Manolete. No falta tampoco un rincón
dedicado a los maestros de las escuelas y academias de baile:
Juan Morilla, Caracolillo, Ciro, María Magdalena
y Angelita Gómez.
El Epílogo deja entrever que José
Luis Navarro ya está trabajando en la redacción
del libro que ha de seguir a éste y en el que se
ocupará de las generaciones más jóvenes.
Artistas que, como Javier Latorre, Carmen Cortés,
María Pagés, Antonio Canales, Joaquín
Cortés o Eva Hierbabuena, son el presente rotundo
y el futuro más esperanzador de la danza flamenca.
Y afortunadamente, el flamenco ya tiene
quien le escriba.
Enhorabuena y gracias, José Luis.
En Jerez, a
21 de julio de 2004
Francisco López
Director del Teatro Villamarta de Jerez
- Cuando se escribió
este prólogo, Antonio Gades aún vivía
y aún no se había escrito el cuarto libro
de José Luis Navarro que al día de hoy está
editado.