Rafael Alberti se ocupó de buena parte de su biografía
en “La arboleda perdida” y ahora, José
Blas Vega y su incombustible capacidad de trabajo de investigación
se ocupa de la relación con el flamenco en esta Arboleda
Flamenca.
Para ello se apoya en los recuerdos manifestados por el
poeta en escritos de todo tipo, e incluso conversaciones
mantenidas con medios de comunicación, en los que
se identifica con un Cádiz marinero y popular, siendo
lo flamenco y lo folclórico seña de identidad
y herramienta imprescindible en la actividad social y familiar.
Desgrana las soleás de Marinero en Tierra como primera
forma poética-flamenca que utiliza, y cuenta cómo
desde su relación con otros poetas de la Generación
del 27 tiene experiencias con el flamenco; conoce a Manuel
Torre, a Diego Antúnez, además de valorar
con extraordinaria sensibilidad la calidad de la poesía
popular (letras flamencas).
Y así, va dejando caer sobre el papel pequeñas
joyas compuestas por Alberti a la largo de su obra, como
esta de 1930 :
Con los zapatos puestos,
tengo que morir,
que si muriera como los valientes
hablarían de mí.
Se ocupa el autor de las experiencias que Alberti tuvo
con Sánchez Mejías y su pareja sentimental,
la Argentinita; sobre todo, durante la contratación
de los artistas gaditanos para el espectáculo “Las
calles de Cádiz”.
Desde
cómo recurre al flamenco en alguna de las obras que
su compromiso político le obliga a escribir durante
la guerra nacional, a los distintos contactos que pudo tener
durante su exilio.
A estas alturas del breve e intenso libro, adivinamos que
la relación de Alberti con el flamenco siempre se
personificia en algún amigo o compañero. En
Argentina fue de la mano de Manuel Angeles Ortiz, un aficionado
y pintor que estuvo vinculado al Concurso de Granada de
1922, aunque también dedica en esta época
sendos poemas a los bailaores Angel Pericet y la Chunga.
Blas Vega nos cuenta que en su periplo por Italia, Alberti
tiene relación con José Menese, Pilar López,
Antonio Gades, Manuel Gerena… Pero la anécdota
más interesante de esta época es que en su
relación con el escultor Manuel Berrocal, tras dedicarle
un poema, el escultor produce un disco single que regalaría
con cada una de las esculturas vendidas de su exposición.
En dicho single la voz de Alberti recita el mencionado poema
por una cara y por la otra, el mismo poema es cantado por
Enrique Morente con la guitarra de Curro de Jerez y el baile
de Lucía Real y el Camborio.
Y al final, el retorno a España y los diveros coqueteos
con el flamenco, aunque como bien refleja Blas Vega :
“Más que una afición, el flamenco entró
en su obra como una temática utilizada y vinculante
en su desarrollo vital”.
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