En un entorno musical como el que hoy en día exhibe
la guitarra flamenca de concierto, es muy difícil
emitir una opinión en términos de bueno o
malo, brillante o mediocre, flamenco o flamenkito, enraizado
o intelectual, novedoso o intrascendente, propuesta interesante
o standards repetitivos.
Novedad, exactamente, no parece ser lo que más abunda,
aunque hay intentos muy atractivos en la discografía
que va apareciendo casi semanalmente. Lo que sí se
ve es mucha técnica, mucho dominio, seguramente producto
de muchas horas de práctica, pero nos invade la sensación
de que para proponer cosas realmente dignas de ser atendidas
con detención, la guitarra flamenca de hoy empieza
a pedir, en voz cada vez más alta, que haya una formación
musical más sólida que la que puede otorgar
la familia, el barrio, los amigos, los colegas y las tendencias
de la comarca. Juan Manuel Cañizares posee esa formación
y este trabajo es prueba fehaciente de ello.
Hoy volvemos una vez más la vista atrás para
acordarnos de un disco que estuvimos esperando por años:
“NOCHES DE IMÁN Y LUNA” del catalán
Juan Manuel Cañizares, uno de los guitarristas más
interesantes y promisorios de su generación. Con
la impresión de que sus trabajos posteriores no estuvieron
a la altura de éste, cosa que ha sucedido históricamente
con tantos grandes guitarristas, nos queda de todas maneras
la interrogante que hemos compartido con muchísimos
aficionados de diversos países: ¿qué
pasó que Juan Manuel no ha hecho la carrera artística
que todos esperábamos? ¿en qué recodo
del río se atascó y porqué? ¿a
qué se debe que hoy por hoy no lo veamos tocando
por todo el mundo, como suponíamos que debía
ocurrir? Hubo un momento en que creíamos que si alguien
estaba llamado a darle un nuevo golpe de timón a
la guitarra flamenca, era precisamente él, que a
mediados de los ’90 ya estaba proponiendo unas ideas
originalísimas y de elaborado pero siempre comprensible
y novedoso entramado armónico, y nos sorprendía
y nos dejaba a la espera de la próxima salida original.
Últimamente, según hemos sabido, ha dedicado
su tiempo a transcribir las piezas del disco “Fuente
y Caudal” de Paco de Lucía. Loable esfuerzo
y meritorio aporte, pero ¿y el escenario y las grabaciones,
qué?
Preguntas
más, preguntas menos, hemos de esperar a obtener
respuestas que nadie mejor que él mismo podría
ofrecernos. Entretanto, revisemos un poco este magnífico
disco que se abre con el zapateado “Se Alza la Luna”.
Tuvimos el grato placer de conocer a Juan Manuel en 1991,
cuando viajaba con Paco de Lucía y José María
Banderas, y entonces ya le escuchamos en su habitación
del hotel algunos bocetos de este zapateado y él
mismo se quejaba de que estaba resultando muy difícil.
La pieza, poblada de modulaciones sumamente interesantes
y sobre todo bien hechas, es de una movilidad en que impera
el buen gusto en la construcción del discurso. No
es novedad para nadie que Cañizares es dueño
de una técnica impresionante y aquí queda
demostrado con rotunda claridad. Pero claro, lo que debe
haber quedado como remanente interior de la convivencia
personal y musical con el monstruo de Algeciras, también
es bastante evidente aquí y en todo el disco: el
idioma que Juan Manuel exhibe en esta grabación es
intensamente “paquero”.
“Lluvia de Cometas” es el título de la
rumba que nos entrega en la pista 2. La percusión
en este tema es deliciosa, lo mismo que las notas del bajo
de Carles Benavent. Los picados de Cañizares, de
esos que hoy dicen que “ya no se llevan”, y
la flauta de Domingo Patricio, en una estética que
nos recuerda demasiado a la de Jorge Pardo, acentúan
el recuerdo de Paco y sexteto, lo mismo que algunas líneas
melódicas desarrolladas al unísono con la
flauta. Un buen tema, pero no lo mejor del disco.
La bulería “La Pajarraca” nos llamó
la tención de manera especial cuando escuchamos este
disco por primera vez, por la manera en que las palmas llevan
el compás. Sin embargo el tema es muchísimo
más que eso, no solo por su intrincada complejidad
armónica y sus patrones rítmicos por momentos
endiablados y, ahora sí, alejados de toda remembranza
algecireña. La cantidad alucinante de recursos que
Cañizares tiene en la mano derecha, se llevan aquí
de maravilla con los que tiene en la izquierda para producir
atmósferas, colores, texturas que hasta la aparición
de este disco no habíamos escuchado a nadie por bulerías.
Frente a esto, la bacanal que cierra el tema hasta casi
resulta un poco desconcertante.
“Como Dos Niños” llega por colombiana,
pero por colombiana no en la línea de Marchena, sino
a la manera de “Monasterio de Sal”, Benavent
incluido. Es uno de los temas más inquietos rítmicamente
hablando del álbum. Sus líneas melódicas
son de gran belleza y en su desarrollo Juan Manuel hace
un artístico alarde de su técnica sensacional.
La balada “Lejana” es uno de esos temas bonitos
a que los guitarristas flamencos de la última década
nos acercaron hasta casi hacérnoslos familiares.
Solo la manera de atacar las cuerdas nos advierte que es
un flamenco el que toca, más aún en este caso,
donde las intenciones del fraseo nos mueven entre Pat Metheny
y un Mc Laughlin reposado. Es el tema más breve del
disco, tal vez porque no daba para mucho más.
La soleá “Cadencia”, dedicada por Juan
Manuel a su hermano Rafael, es impetuosa desde el inicio.
Hay originalidad en esta soleá, eso es indiscutible,
tanto en lo melódico como en el desarrollo rítmico
de las ideas. Un trémolo bellísimo y hasta
oscuro por momentos, surge de pronto y deja su lugar a arpegios
nostálgicos que dan paso de improviso a un aire más
festero que se mantiene hasta el final de esta memorable
pieza, en la que nuevamente nos sentimos lejos de la sombra
de tú sabes quién.
Por tanguillo dedicado a Paco de Lucía sigue la cosa,
con “Aroma de Libertad”. El bajo de Cucurella
más las palmas de José María Banderas,
Juan Diego Mateos y Bolita y la percusión de Chaboli
enmarcan este tema algo intrincado pero entretenido, pero
tal vez un pelín largo para la temática que
ofrece.
Cerramos la sesión con los tangos “Del Horizonte
Vienen”, que reúne a varios de los colaboradores
ya mencionados. Vuelve el hálito paquero en gloria
y majestad, Benavent le saca a su bajo esos sonidos únicos
que lo han hecho mundialmente famoso y por cierto han creado
escuela, y algunas líneas melódicas tienen
el sabor de un pattern de jazz más que de una falseta
de guitarra flamenca. Las percusiones están aquí
impecables y todo acaba desenvolviéndose en un ambiente
que entremezcla aires morunos con los coqueteos jazzísticos
hoy tan de moda.
En suma, y parafraseando a un sommelier, diremos que estas
noches de imán y luna tienen un cuerpo no necesariamente
aterciopelado, pero sí maduro, con notas de Siroco
y Solo Quiero Caminar, un color intenso, bouquet armónico
elegante y original, con un final persistente y aromático
a frutos de Lucía.
Ideal para acompañar espíritus sensibles,
escúchese preferentemente de noche y a no menos de
25 grados.