Javier Limón es a estas alturas una marca de calidad. Un nombre al que muchos, si no todos los artistas de medio, alto o muy alto calibre en este país se quieren arrimar (o él se los acerca) para que sus discos tengan la factura que les coloque o mantenga en lo más alto. El madrileño ha hecho que su estudio del barrio de Lucero sea una de esas direcciones que hay que marcar con letras mayúsculas y en rojo. Por si acaso.
Sin duda, es ya uno de los grandes…productores. Como ingeniero de discos es de lo más cualificado que tenemos. Y al flamenco eso le toca mucho. No sólo porque lleve produciendo trabajos para muchos de los artistas más relevantes de este arte, sino porque cuando le da por grabar y componer su propia música, es en este género en el que dice sentirse más a gusto y donde se suele situar.
Y en esas estamos porque Limón se ha metido en la obra de hacer un disco propio y ahí que se quedó, un poco en el intento.
Si bien “Son de Limón” lleva doce pistas que relucen como el sol, lo cierto es que vemos en ellas bastante poco trabajo personal y por eso la cosa gana en acidez a poco que uno se lo piense. En lo que a movimiento de dedos sobre los trastes se refiere Javier no lo da todo, y quizá siendo cabeza de cartel se deba pedir no algo, sino mucho más.
Estamos ante un disco que muchos, para hacerse los interesantes, catalogarán de “fusión” pero… fusión ¿de qué? ¿Música Cubana y flamenco? ¿Jazz y flamenco? ¿Salsa y flamenco? El propio autor seguramente nos diría que es “Son” de su cosecha y su gusto, o sea con sabor Limón. El nombre se pone por algo.
Más bien se trata de una reunión de grandes músicos (algunos excelsos), en la que cada uno de ellos trata de hacer su papel al son de las órdenes del jefe y el resultado recrea un conjunto de estilos y colores de todo tipo. Pero ni idea de donde meterlo. Ellos sabrán.
De momento se hace difícil ver a Javier Limón como guitarrista, apenas tiene un peso su sonanta en todo el disco. Y eso que formación y conocimiento tiene y se le presuponen.
Todo el trabajo instrumental queda muy repartido, demasiado, entre gente como Buika o Potito en las voces, Chucho Valdés u Horacio “El Negro” en los teclados, Carlos Sarduy en la trompeta o Ramón Porrina en las percusiones. Por citar solo algunos de los colaboradores, infinitos, de los que se ha rodeado Limón.
Música que tiene olores a las “Cositas Buenas” de Paco de Lucía, a la guitarra del último Pat Metheny, el piano de Chick Corea, a Ketama y a mucha Cuba. Pero sólo en las ideas.
El flamenco más aproximado llega en la siguiriya que hace de pista segunda (“A la orilla del río”), los tangos que Potito colorea en tercer lugar (“Misterios del Amanecer”) y las bulerías del sexto y undécimo cortes.
Creo que lo demás, por muy “tangos”, “bulería” o “tango por soleá” que se llame, entre otras denominaciones, tiene bastante poco que ver con lo que se entiende por flamenco.
Y de ahí, pues hasta el infinito. Llegando a esa especie de sintonía de anuncio o de concurso de la tele donde, bajo la denominación de “semisamba” y por título “El Git”, encontramos la “perla” de un trabajo que, queda dicho, solo apunta y a veces ni eso. El delito vendría si se ha hecho con conocimiento de causa.
Sin embargo, si todos los cortes fueran tan homogéneos, equilibrados y profundos como el último, “Pregúntale al mar”, desde luego otro gallo nos cantaría. No estaríamos hablando tampoco de un disco de flamenco, pero seguro que alguno de los honores que en el futuro pueda acaparar este disco (¿en qué categoría, por cierto?) serían más consecuentes con la música misma.
Es incuestionable el buen resultado de sonoridades, afinaciones, timbres y por supuesto producción de este trabajo. Pero qué menos tratándose de quien se trata.
Lo que hace tener buenos amigos y que a la vez sean grandes músicos…