Contar una historia al revés es una buena forma
de contar una historia. Gamboa ha demostrado ya en muchas
ocasiones ser un buen comunicador, así que en este
volumen se permite la licencia original de plantear el principio
de los tiempos en el mismo presente, para luego hacer memoria
histórica del acontecer del flamenco.
El planteamiento es interesante, aunque haya momentos de
la lectura en que cueste identificar el final del principio
del principio de una época o el final de un capítulo,
y es que, pese a que el tratamiento general intenta seguir
el hilo cronológico, a veces, las pinceladas sobre
el seguimiento o trayectoria de los personajes que trata
hacen difícil no perderse.
581 páginas dan para tocarlo todo. En este sentido,
la obra puede considerarse bastante completa, y en su intención
periodística aborda la relación del flamenco
y los flamencos con temas tan dispares como la iglesia evangelista,
el mestizaje, las drogas o la transición política
española.
Aborda el carácter machista imperante de los años
70 con carente sensibilidad. Valorar comportamientos sociales
de épocas pasadas con criterios actuales es un error,
y este se hace más grande cuando es sectario. Quiero
decir que el machismo formaba parte de la idiosincrasia
de la sociedad española de los años 70, y
de esto no estaban exentos los artistas. Los comentarios
de Gamboa, en cambio, atribuyen estos comportamientos a
los aficionados, y a pesar del amplio espectro de sus apreciaciones,
no los relaciona con el sector artístico.
En un examen crítico y certero, atribuye a Paco de
Lucía, a Camarón Y a Enrique Morente la responsabilidad
de la más reciente evolución del arte flamenco,
pero el tema de la creatividad y la vanguardia con carácter
general, es una constante en la obra, y para ello se apoya
en multitud de testimonios.
No estoy seguro de que sea un libro para neófitos,
sino más bien una crónica para iniciados.
Una especia de repaso nostálgico, ya que son muchos
los artistas que sólo se nombran sin aportar más
información y que sólo son conocidos por los
que ya cuentan con bastante afición. Una especia
de balance donde todo lo toca, pero profundiza sólo
en determinadas cuestiones.
Gamboa estructura la historia diferenciando épocas
que llegan hasta 1975, y hace coincidir estas épocas
con los cinco capítulos del libro. Como es lógico,
en gran medida, la interpretación de los hechos es
personal, sobre todo cuando asocia hechos puntuales como
consecuencia de otros anteriores. Así, nos explica
que al potenciar determinados palos se acaban abandonando
otros, o curiosamente, habla del sesgo gitanista en la época
de Mairena, pero lo elude en la de Camarón, quedando
en el olvido manifestaciones relacionadas con la etnia hechas
por José de la Mercé, Cigala, Rancapino, Chocolate
o Agujetas, por ejemplo.
Inserta en los textos, a modo de cuñas, lo que podríamos
llamar ensayos sobre los distintos palos del flamenco. Esta
técnica, que hace más amena la lectura, repasa
la información más actualizada sobre el origen,
pero fundamentalmente sobre el desarrollo y su trayectoria
última, y consigue en su exposición un interesante
colorido. Instructivo y generoso con los datos, acomete
sin prejuicios cuestiones que se han constituido históricamente
como polémicas, aportando luz en unos casos y en
otros, elementos informativos que puedan ayudar al lector
a formarse un criterio personal. Así y valga como
ejemplo, identifica los matices que diferencian el origen
de la rondeña y el taranto, desde el ámbito
de la guitarra y desde el ámbito del cante, se pasea
en la frontera de la aseveración pero no llega a
extraer conclusiones claras de los datos que aporta.
Como contrapartida, de su forma de exponer los acontecimientos
y de las conclusiones que extrae, denota una considerable
aversión hacia la figura de Antonio Mairena. De esta
forma, aunque le reconoce extraordinarias dotes cantaoras,
lo trata de cantaor de soleares, seguiriyas, tangos y tonás;
o ridiculiza sus comentarios sobre la ya manida “razón
incorporea”. En definitiva, volvemos a hacer leña
del árbol caído, en lugar de construir con
el tronco del árbol una buena estantería donde
podamos tener a mano los aciertos y los errores de todos
aquellos que se han atrevido a hacer cosas que no se habían
hecho antes, y que de una u otra forma, han sido los artífices
de la historia del flamenco.
Pero lo más desafortunado, sin duda, me parece que
es el texto dedicado a los mal llamados “cantes de
las minas”. Siempre me ha parecido sospechoso que
se reconozca el desconocimiento y el “lio” existente
en los diversos estilos del cante levantino, y luego, al
hablar del Concurso de la Unión se reconozca en Antonio
Piñana al maestro absoluto del repertorio minero
de la zona.
Todo esto me hace reconocer el título como muy acertado
: “Una historia del flamenco”, y a buen seguro
que José Manuel Gamboa lo meditó bastante,
ya que no se mide a la hora de exponer sus pasiones y sus
preferencias por determinados artistas o personajes, así
como algunas de las conclusiones expuestas están
basadas en justificaciones subjetivas. Tal es el caso de
la atribución de la conocida Malagueña del
Mellizo a la Dolores de Cádiz que aparece en la Asamblea
General del Solitario, en la que de acuerdo con la definición
dada sobre el cante que desarrolla, Gamboa da por sentado
que se trata de esta Malagueña. Y no seré
yo quien diga que le falte razón… Sólo
planteo que a tal aseveración le falta rigor.
En clave de humor y con fuertes dosis de ironía,
aún a riesgo de aterrizar en la frivolidad, desmitifica
determinadas ideas que ha defendido la flamencología
tradicional, y lo hace aportando datos interesantes que
abren nuevas vías de investigación cuando
no desmantela sofisticados entramados que permanecían
construidos en una cimentación falsa. Y esto, sin
duda, es el mayor valor de este denso e intenso trabajo
que ha obtenido el galardón“Flamenco Hoy 2005”
como mejor libro del año.
El autor tiene la capacidad de dispersarse en casi 600 páginas
para luego poder sintetizar la evolución del flamenco
en una sola frase : “Parece ser que el Arte flamenco
es creación moderna, por mucho que sus raíces
tengan largura”. Sin duda, cierto y sobresaliente.
Gran parte del último capítulo podría
considerarse un análisis sobre los testimonios que
nos dejaron escritores románticos extranjeros. Y
para traca final, reproduce una manifestación de
Pepe de la Matrona en la que afirma que el fandango y todas
sus derivaciones, entendiendo como tales aquello que se
canta en Málaga, Granada, Jaén, Córdoba
y Almería, es popular, pero no es flamenco. Que se
trata de un rincón donde todos cantan igual. Estilos
que cantaores como Chacón han unido a los cantes
flamencos. Que el flamenco de verdad ha nacido del pueblo,
pero de lo que se conoce como Andalucía la Baja.
Total, que Gamboa nos deja la duda de su intención
con este apoteósico “Fin de Fiesta”,
que no sabemos si rubrica o por el contrario utiliza para
demostrar cómo nuestros insignes flamencos a lo largo
de la historia han estado contradiciéndose constantemente
en una misma entrevista.