Aparece esta obra sin apenas repercusión
mediática. Es curioso, sin duda, que una editorial
no intente recuperar, cuando menos, la inversión
realizada. Llama nuestra atención, eso si... siendo
Romualdo Molina conocido, entre otras muchas cosas, por
estar en posesión de una especial e inteligente forma
de decir las cosas.
Por otra parte, Marian Pidal, coautora de
la obra, presenta un currículum sorprendente y variado,
que cuenta con diversas publicaciones que resultan estratégicas
aunque no definitorias para la investigación del
flamenco.
Este “antiguo” del flamenco,
y digo “antiguo” reconociendo una larga trayectoria
con todo el conocimiento y sobre todo las vivencias que
conlleva, ha tenido la oportunidad y el tiempo suficiente
para conocer y disfrutar de muchos “desaparecidos”
que ya en vida se habían convertido en personajes
legendarios de la historia del flamenco. Pero lo verdaderamente
interesante de Romualdo Molina es sin duda, el uso del lenguaje,
que se convierte en un aroma con el que se respira fluidez,
dominio, riqueza, armonía y equilibrio.
Tras la presentación de un buen número
de datos que apuntan en distintos momentos de la historia
hacia el origen del flamenco, nos contextualiza perfectamente
y con sobresaliente capacidad de síntesis, el ambiente
socio-cultural del siglo XIX, situando las distintas generaciones
de artistas flamencos y analizando la evolución con
el máximo rigor que le permite su pasión por
el flamenco.
En esta sobria y bella forma de contar la
historia de este arte, no se pretende tanto el estudio exhaustivo
como el conocimiento general y la mirada sinóptica;
erigirse en albacea del conocimiento histórico desde
el guiño y la complicidad, la historia del flamenco
en adjetivos desde los sujetos.
El planteamiento de Molina es positivista
y conciliador. Se declara abiertamente partidario de que
se canta, se toca y se baila mejor que nunca, y que por
tanto, debemos entender la crisis del flamenco como algo
inerente a su propia idiosincrasia, entre otras cosas, porque
se habla de ella desde que tenemos las primeras noticias
de su existencia.
Marian Pidal inicia su participación
enumerando y clasificando los palos flamencos, exponiendo
pinceladas sobre su origen y sus sobresalientes intérpretes.
Un poco más de lo mismo, si a la hora de escribir
sobre estas cuestiones se vislumbra que el autor no está
al día de las recientes investigaciones que vuelcan
un rayito más de luz sobre los orígenes. Tal
es el caso del trabajo de Juan Rondón sobre la Petenera
y que resulta ser lectura obligada para los aficionados.
Pidal continúa su trabajo haciendo
un repaso histórico al flamenco en sus tres manifestaciones
: cante, toque y baile; y lo hace desde los propios protagonistas,
aportando pinceladas biográficas sobre aquellos que
considera más importantes para cada época.
Con Marian Pidal se puede estar más
o menos de acuerdo en el matiz, pero existe una evidencia
que no deja lugar a la discusión: acaricia todos
los hitos que han configurado la evolución del flamenco.
Se corrobora esta última afirmación al tratar
el flamenco en su mestizaje con otras músicas, una
visión actualizada y hoy cotidiana de la experiencia
más vanguardista, y sobre todo, con manifestaciones
artísticas de otra naturaleza tales como la pintura
o el cine.