El disco empieza con una guajira titulada
“Guacamaya” en la que sobresale la nitidez de
toque, una armonía muy bien trabajada, con buen gusto
y cierto sabor caribeño. El segundo cuerpo del tema,
antes del cante, es un acierto desde el punto de vista musical.
Continúa con una granaína, “C/Fabiola”,
en la línea de lo que se está haciendo ahora.
Sorprendente nitidez. Es sin duda música para escuchar,
porque al jugar con los silencios y procurar una interesante
relajación, hace posible poder procesar el espacio,
la armonía y el sentido de la composición.
En las bulerías “Marsha” denota un sobrio
dominio del compás y del contratiempo, sobre todo
en los cierres. El resultado final es muy flamenco, aunque
se aprecie falta de fuerza en algunas falsetas y de terminar
con un desafortunado remate.
Aunque al principio de las Seguiriyas tiene poco que ver
con el concepto tradicional del palo, la armonía
de la pirueta inicial, a la que se recurre en distintos
momentos del corte, resulta de exquisita sensibilidad. Lentamente
va entrando en la línea seguiriyera. Quizá
sea esta progresión lo más sobresaliente del
tema.
El zapateado “primaveral” anima a seguir el
compás, fundamentalmente porque se trata de un tema
bien trabajado y sencillo, donde la música es entendible,
y esto se echa de menos en muchas de las composiciones de
guitarra solista.
Continúa con una visión renovada y muy reposada
de la farruca. “Cambril” la titula, que con
la voz de Sonia Miranda, a cuyo hijo la dedica “Niño
Rafael”, consiguen impregnarla de ciertas reminiscencias
sefardies. Sonia se mueve perfectamente en esta tesitura.
Desatino es una especie de interesante juego ensayístico
entre el compás y la armonía, con una pincelada
de Miguel Poveda y termina con una soleá. No podía
faltar la estrella del toque flamenco por excelencia. Muy
flamenca, reposadita y equilibrada, con buen gusto, aunque
algo falto de tensión.
En líneas generales, la obra destaca por la nitidez
de sonido y por estar muy trabajado armónicamente.
Es un disco de guitarra que se mueve en el concepto más
actualizado del flamenco que vivimos. Y esto, sin entrar
en la condición de Holandés de Tino. Los románticos
extranjeros del siglo XIX no podrían haber imaginado
que un día, uno de los visitantes que históricamente
han resultado tan beneficiosos para el fondo documental
de nuestro flamenco, resultara ser un flamenco con todas
las de la ley, capaz de asumir toda la filosofía
musical y además, tener su propio repertorio basado
en creaciones personales.
Y como dice mi amigo Rafael, que es quien me ha hecho conocer
este disco: <<Es posible que con Tino dejemos de recurrir
al tópico facilón y condescendiente de decir
eso de “no está mal para ser extranjero”>>.
Tino es flamenco y lo ha demostrado en este disco, hasta
en su extensión, recortaíto hasta en el tiempo,
expresivo, diciendo lo que tiene que decir, con honestidad
y sin vanos floreos.
Vale…
(No es chulería. Así se despedía en
sus cartas Cicerón).