Después de un intento de lanzamiento como concertista
en 1977 con Amuleto y luego orientar su carrera pasando
a ser entre otros menesteres uno de los tocaores-estrellas
de los festivales veraniegos, uno de los guitarristas de
estudio más solicitado para grabar, y sobre todo
consagrarse con la composición y producción
en géneros derivados de lo “jondo” (la
música ligera del flamenco de los años setenta
tiene inconfundiblemente el márchamo ceperiano),
a sus sesenta años ya cumplidos Paco Cepero parece
querer regresar a su primera vocación y dedicarse
plenamente a la guitarra. Todavía cercano De pura
cepa (2000) que reseñamos en esta sección,
vuelve a meterse en el estudio y nos ofrece ahora Corazón
y bordón.
La verdad que me resulta difícil hablar de este disco.
Efectivamente, Paco Cepero sigue fiel a sí-mismo,
a su versión personal del toque jerezano, con variaciones
“a cuerda pelá”, bordonazos llamativos,
ligados ocurrentes y todos los aditivos que se quiera para
un toque de “pellizcos”, quizá muy flamenco,
espectacular, pero tan pobre armonicamente, tan infantil
y simplón a veces en sus melodías, que parece
una versión flamenca y con soniquete del “Nouveau
Flamenco”, aquella música norteamericana liderada
por Ottmar Liebert, ideal como fondo musical para los supermercados.
Los clichés andaluces son tan gruesos ahora en Cepero,
que bien puede ser la música ideal para las ferias
de productos de la región. El problema a la hora
de valorar este disco es que la guitarra flamenca ha evolucionado
tanto estos últimos años, se ha abierto tanto
musicalmente hablando, que Paco Cepero aparece como un outsider
en esta evolución.
Es como si el camino de la guitarra flamenca contemporánea
y el suyo fueran diametralmente opuestos. Mientras más
se elaboran los toques técnica y armonicamente y
se tiende a un lenguaje universal, Cepero se refugia en
el territorio de origen y da vueltas otra vez a las sempiternas
raices, en este caso las suyas propias. Hay temas simplemente
que no puedo escuchar sin sentir cierto rubor, como las
dos rumbas o los tangos. Además de repetir casi literalmente
frases de su primer disco Amuleto, no llego a entender en
qué mundo vive Paco Cepero. La primera bulería
que abre el disco Corazón y bordón vuelve
a ser bordonazos ceperianos de siempre, adobados ahora con
unos jaleos a lo Diego Carrasco o Moraíto Chico y
la “Filarmónica de Jerez”. La otra bulería
Despertar en Jerez resulta más interesante por ser
interpretada a dos guitarras, con unos buenos arreglos donde
intuimos la mano experta de Pedro Sierra, como lo son las
guajiras Ron de caña, el tema más guitarrístico
y mejor logrado del disco.
Las sevillanas Calle encaramá vuelven a tener las
formas de los años 70 y los “tics” del
toque efectista ceperiano. El título de los tanguillos
lo dice todo: Mi Andalucía. Por fín dos toques
solo, la soleá “Barrio San Miguel” que
recuerda y plagia varias veces la soleá Castillo
de Alcalá que grabó en Amuleto y la seguiriya
Ermita de Santelmo, un toque inédito en su discografía,
que nos devuelve los ecos y la profundidad con la cual se
aborda este “palo” en Jerez, con el clásico
toque por medio, cuando hoy a veces se tiende a la frivolidad
por exceso de experimentalismo en este estilo, personificación
por antonomasia de la tragedia.
Paco Cepero es simplemente... Paco Cepero. Y será
siempre...Paco Cepero.
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