Llega
el tiempo de las grandes producciones, de los grandes productos
de mercado emergente, de los pelotazos mediáticos
y de las quimeras…
Llega, si así algunos
lo prefieren, el tiempo en el que el flamenco se abre al
mundo. Pero para mí, se presenta tallado en una barra
de hielo, con la belleza de las aristas del cristal, la
claridad de las luces sin sombras, pero con los créditos
al sol que inexorablemente acabará derritiéndolo.
Esto es lo que tiene el mercado y la música de consumo.
Diego el Cigala, tras su
explosivo “Lágrimas Negras” con Bebo
Valdés, nos presenta un trabajo que ha querido revestir
del mismo “divismo” con el que se pasea cuando
se dirige hacia el escenario.
El Cigala parece más
reposado en su forma de cantar. Permanece menos tiempo en
el ámbito alto de las notas que en discos anteriores,
aunque no aprovecha aún esta técnica para
buscar nuevas modulaciones o giros melódicos, así
que en líneas generales, todo lo que se escucha en
el disco suena muy al Cigala de pasados trabajos.
“Picasso en
mis ojos” es un título demasiado presuntuoso
para cualquiera. Es seguro que a este cantaor le han regalado
el oído en exceso… De hecho, el título,
que en principio era seguramente una declaración
de intenciones sobre la ambición del proyecto, ha
quedado como un reclamo para la curiosidad.
Y es que, si del título
se extrae que Diego analiza, interpreta y proyecta su visión
de Picasso y de su obra, de la audición reposada
se concluye que la presencia del pintor se reduce a lo testimonial:
un parrafito por aquí, otro por allí y un
par de cortes de los 10 que componen el disco.
Este resultado es razonable
si observamos en los créditos que el disco se ha
fraguado conforme se ha ido grabando. Otra explicación
posible no le encuentro al hecho de que como autores de
las letras y las músicas aparezcan los mismos músicos
que la interpretan.
Relacionar las colaboraciones especiales
aquí sería tedioso y poco fructífero.
Realmente, llaman más la atención algunas
ausencias. Que Paco de Lucía, Tomatito o Manuel Parrilla
acompañen algunos cortes, que todos los Porrinas
se hayan volcado en el proyecto, o que Jerry González
meta la trompeta en una rumba-salsa, no le extraña
a nadie. En cambio, sí extraña que hayan prescindido
totalmente de Niño Josele, que hasta ahora siempre
ha sido fiel acompañante del Cigala desde que inició
su carrera discográfica en solitario con “Undebel”.
La tónica general
del disco es esencialmente rítmica, lo más
cercano posible al “pop” que tanto gusta y vende.
4 bulerias, 2 tangos, 1 alegría, 1 rumba-salsa, una
copla en compás de fandangos y una soleá.
Todo salpicado de incontables detalles flamenquísimos
y de muy alta calidad musical.
En definitiva, un disco
entretenido y agradable, que no llega a arañar. No
sé si este será el flamenco del futuro, pero
sí es cierto que algo quedará. Por su parte,
lo han intentado en las rupturas de ritmo de los tangos,
en la copla por fandangos de Josemi Carmona o en la soleá
con un coro cantando un estribillo intimista.
Las intervenciones de Paco
de Lucía y Tomatito son simplemente espectaculares.
Aquí podemos apreciar las grandes diferencias en
el toque por bulerías de estos dos genios. Un Paco
ajustadísimo y racional, que se intuye disfrutando
de cierto jugueteo con el compás, y por otro lado
un Tomate con una sorprendente pulsación y haciendo
gala de flamenquísimos cierres.
El Cigala ha contado y cuenta
con el apoyo de la afición más jóven
y de la crítica especializada más vanguardista,
pero imagino que cuando en el trabajo discográfico
de un artista llaman más la atención las colaboraciones
que la labor del artista principal, es que ha llegado el
momento necesario e inexcusable de la reflexión y
la observación.