Contar la vida de Flores el Gaditano no
debe ser sencillo, aunque sólo sea por la longevidad
de este personaje, pero la cosa se complica aún más
si la verdadera pretensión es conseguir un acercamiento
a la figura, al artista y más aún, a la persona.
El reto que asume Juan Rondón, por tanto, es harto
difícil y justo es reconocerlo.
Justo es también, tomándome las licencias
que nadie me otorga, el dar fe de que lo ha conseguido muy
fielmente. Y lo digo pese a no conocer a Florencio Ruiz
Lara personalmente, que curiosidad no me falta después
de tan emocionante lectura. La profesionalidad de Juan Rondón
le aleja en toda la obra de cualquier tipo de protagonismo.
El escrupuloso aseptismo de su intervención da la
impresión de limitarse a ordenar con asombrosa maestría
todos los elementos que utiliza para conseguir su propósito.
En cada capítulo se trata una etapa de la vida de
Flores, unas veces presentan aspectos de su personalidad,
otros simplemente vivencias que de una u otra forma han
constituido hitos fundamentales en su trayectoria artística.
Las herramientas de acercamiento que se utilizan no pueden
ser más propicias: el testimonio del propio protagonista,
con sus expresiones, sus opiniones y su propia filosofía
ante la vida.
Se termina cada capítulo con una serie de anécdotas
graciosas, que como indica Flores, son producto de la imaginación
en unos casos, de la observación en otras y de las
ganas de vivir siempre.
Aunque podría echarse de menos algún testimonio
de otros personajes y conocidos de Florencio, hay que señalar
lo bien que se ha recogido la personalidad de este polifacético
artista. Con sus contradicciones, sus miedos, sus desengaños,
sus recelos, sus amigos y sus enemigos. Su chulesca actitud
obedece a la idiosincrasia flamenca de una época
ya pasada, a la que él pertenece por generación
y porque simplemente es la que le tocó vivir. Una
época marcada por el “pique” entre artistas.
Aspecto que tradicionalmente se ha tratado de evitar en
la medida de lo posible y que realmente es la fuente de
multitud de anécdotas y piedra angular del cante
flamenco de ese tiempo.
Desde la libertad de expresión y la sinceridad que
aporta la edad, Flores nos obsequia con estas y otras experiencias
profesionales.
Flores el Gaditano es uno de esos misteriosos
personajes que hubiera vivido del arte en las más
siniestras circunstancias. Si hubiera nacido en el Polo
Norte, habría sido escultor de bustos de hielo, y
hubiera enseñado a los pingüinos a apreciarlo.
Escritor de poesía, novela, artículos y ensayos,
cantaor, compositor, humorista, promotor artístico,
son algunas de las bondades artísticas de este octogenario
mito, lo más parecido al Davinci de la España
de los 50.
La trascendencia de Flores en la historia del flamenco es
mucho más importante por su propio testimonio que
por sus registros sonoros. Y es que si estos son de bastante
calidad, su testimonio es el fiel reflejo del espíritu
flamenco. En este sentido, no todos los artistas han tenido
la posibilidad, ni la preparación para saber transmitir
la verdadera esencia de la filosofía flamenca.
El libro termina con la aportación de un buen número
de fotografías del artista en sus mejores momentos
y acompañado de los mitos más emblemáticos
del flamenco, así como de la relación de producciones
literarias y discográficas del artista, en aras de
facilitar en este punto un verdadero y exhaustivo conocimiento
de la obra de Flores el Gaditano, y por tanto, de su verdadera
dimensión artística.
Es en este tipo de obras donde se justifica el recientemente
aparecido formato “Discolibro”, ya que para
aquellos que no han tenido la oportunidad de escuchar a
Flores, el libro incluye un Cd con un buen puñado
de registros sonoros, unos antiguos, otros más modernos,
unos en directo, otros en estudio, unos flamencos, otros
menos flamencos, unos bien grabados, otros mal grabados,
unos con guitarra, otros con orquesta; pero que en definitiva,
nos aportan un exacto conocimiento de este cantaor, que
presenta desde su profunda admiración por Gardel
hasta su sobresaliente temple por seguiriyas.
¡Qué bonita es mi niña! en la voz de
los Gaditanos es quizá la única ausencia imperdonable,
ya que es uno de los baluartes del algecireño, pero
seguramente la grabación es tan antigua que no da
los mínimos de calidad necesarios para un disco actual.
Un libro, sin lugar a dudas, que consigue emocionar al lector,
sobre todo en la primera parte, y en el que se puede aprender
mucho si se sabe leer entre líneas sobre lo que es
y ha sido el flamenco y su esencia.