Tanto se ha hablado,
estudiado, analizado, tergiversado, cubileteado, trasegado
y sentenciado sobre el papel histórico -y por tanto
su trascendencia- de Ricardo Molina y Antonio Mairena y
su libro “Mundo y forma del cante flamenco”,
que he dudado seriamente sobre la conveniencia de fajarme
con este importantísimo libro que intentaré
reseñar, y que desde mi punto de vista aporta luz
a tanta controversia y oscurantismo.
El libro tendría suficiente interés
simplemente con las cartas de Ricardo Molina a González
Climent, pero el prólogo de Agustín Gómez,
la introducción de Ramón Porras y José
Luis Buendía, y las notas de pie de página
de Ramón Porras -éstas sin duda, de lo más
sustancioso- ayudarán al lector a situarse y a entender
la correspondencia epistolar en el contexto social e histórico
en el que transcurrió.
Son varias las vertientes desde las que
esta obra despierta el interés del aficionado: Primero,
por la importancia de los perfiles de los propios personajes,
conocidos en todo el orbe flamenco, y la relación
que entre ellos mantienen; segundo, por la evolución
de ambos dentro del flamenco, su aprendizaje, sus vivencias,
sus trabajos; y por último, por la historia del Concurso
Nacional de Córdoba y por ende, la entrega de la
3ª Llave de Oro del Cante.
De todo esto se ha hablado y se ha tratado
convenientemente en diversos estudios, objetivos unos y
sectareos otros, pero seguramente el quid de la cuestión
lo encontraríamos en un estudio psicológico
de Ricardo Molina a partir de estas cartas.
Lo que sí parece incuestionable es
la honestidad y la objetividad de la que hace gala Anselmo
González Climent; objetividad que sólo pierde
por mor de su envidiable humildad y su desmedida bondad.
Tal es así, que disculpa a Molina de haber enmascarado
la entrega de la llave de oro a Mairena en una especie de
pantomima de títeres, indicando que “actuaba
al dictado de su incontrolada pasión”. Parece
ser que R.M. propuso al alcalde de Córdoba sustituir
el concurso por la entrega directa de la 3ª llave de
oro al mencionado artista y el alcalde se negó, lo
que obligó al poeta a “flexibilizar las bases”.
Aún así, la sesión del jurado tuvo
un sospechoso desarrollo. Claro que esta información
no es una confesión extractada de las cartas de Ricardo
que tan escrupulosamente conservó Anselmo, por lo
que debemos suponer que de haberlo sabido éste, tal
disculpa no hubiera tenido lugar.
Esto, que forma parte de nuestra historia,
es la punta del iceberg de lo que ha estado sucediendo en
multitud de concursos y certámenes. Escandalizarnos
sería hipócrita a estas alturas, pero no reflexionar
y no establecer parámetros de medida para el futuro,
sería irresponsable.
Sigamos con Ricardo. Al principio fue Fosforito
quien acaparaba la mirada atenta de R.M. Curiosamente se
presenta y gana todas las modalidades del Concurso de Molina.
Posteriormente es Mairena quien consigue atraer su atención.
Para él estaba reservado el máximo galardón,
la llave de oro. En su correspondencia queda patente que
su relación con artistas flamencos queda circunscrita
básicamente a estos dos artistas. Luego cualquiera
podría pensar que era la proximidad con el artista
lo que verdaderamente producía una profunda influencia.
Y esta influencia es de tal calado, que no duda en menospreciar
la figura de D. Antonio Chacón habiendo escuchado
sólo unos caracoles y unas granaínas. Aquí
se estaba fraguando lo que vendría después,
que no es ni más ni menos que la exaltación
de todos los cantaores gitanos, independientemente de su
estética, frente a los cantaores gachís o
mal llamados payos. Y todo bajo la bandera de la recuperación
de la pureza frente al “operismo” imperante,
que aun pudiendo ser cierto, posiciones radicales nunca
han resultado ser una solución adecuada.
Al meditar sobre los cambios de criterio,
las exclusiones sistemáticas, las manipulaciones
de R.M., frente a la objetividad, la constancia y la responsabilidad
del argentino A.G.C. nos hace pensar que éste último
era un verdadero investigador, un flamencólogo, mientras
que el primero era un advenedizo, una marioneta en manos
de Mairena y Talega, un indocumentado con poder...
Curioso y loable es que todo lo que hizo este escritor haya
tenido vigencia a lo largo del tiempo. No cabe duda que
R.M. fue el impulsor fundamental de un Concurso que en ese
momento se instituyó como el más importante
de España y que hoy sigue vigente como uno de los
más importantes. La Unión le quitó
la hegemonía absoluta. Sus libros sobre flamenco
han marcado una estética concreta como la única
válida durante más de 25 años. La investigación
acabó demostrando que la información era sesgada
o incierta. En su dogma revitalizó con estruendosa
vehemencia la hipótesis de erigir al gitano como
artífice único y creador supremo del cante
entendido como puro (soleá, seguiriya y martinete),
y al gachí como creador de los estilos de levante
(taranta, malagueña y granaína). Esto, hoy
día sigue siendo un debate oficioso y no sabemos
cuándo se planteará como oficial.
Conste que esto no es una reseña
del libro que recomiendo encarecidamente, sino más
bien un comentario que me ha provocado la contraposición
de dos hechos aparentemente distantes entre sí y
que tienen un punto de conexión. No es animadversión
contra R.M. y su obra lo que me mueve a escribir esto, sino
una debida labor en pro de la objetividad y del rigor que
es tan necesario en la investigación sobre el flamenco,
y el hecho de que nunca me ha gustado dejarme llevar por
clichés establecidos sino por hechos comprobados.