Va siendo hora, y es posible que alguna vez lo haya usted
pensado, de dejar en un receso conceptos como ‘innovación’
y ‘sinergia’, tan manidos, tan mal utilizados,
tan ultrajados...; pasa con ellos como con los conceptos
nobles y positivos: a fuerza de usarlos nadie sabe muy bien
lo que significan y, lo que es peor, se cometen en su nombre
los mayores atropellos.
Y es que, en nombre de la innovación, los mismos
que nos han presentado canciones y tonadillas con fraseo
andaluz y letras de mal gusto, abogaban incomprensiblemente
por la defensa de la pureza y del arte congénito;
se ha hecho evolucionar el significado del término
“fusión” hasta un decadente pastiche
en el que todo vale; han incorporado el adjetivo “Internacional”
al nombre de determinados eventos y nos han hecho creer
que una organización innovadora es sinónimo
de más y más grandes eventos, con más
presupuesto y, lo más importante, más ingresos.
Del mismo modo, en nombre de la sinergia se han sumado churras
con merinas unificando los criterios de la industria discográfica
del flamenco con la del pop, y como consecuencia, sólo
se graba lo que se vende, y sólo se vende lo que
gusta a más gente, de manera que los palos en uso
se han reducido a aquellos que gozan de cierta vivacidad
rítmica, hasta el punto de ser considerados baluarte
de la raíz. Tómese como ejemplo el resurgimiento
del Tanguillo como una de las formas más abiertas
musicalmente hablando, cuando este siempre fue cosa de carnaval;
o la importancia que adopta, y que nunca tuvo, la bulería
jerezana en el panorama general del flamenco. Ahora, parece
que Jerez es importante por su bulería y se obvian
sus soleares y sus seguiriyas. Lo que realmente sucede es
que en nombre de la sinergia, unos van montados en la carroza
más alta y espectacular de la cabalgata mientras
que otros la ven pasar de lejos. Una cabalgata, que todo
hay que decirlo, cada vez con menos carrozas, que pasea
por calles más estrechas y con un recorrido más
corto.
Es necesario, pues, poner el diccionario en su sitio y olvidarnos
de conceptos nobles, o de llamar a las cosas por su nombre:
se puede innovar sin aportar nada, no digamos ya esencial,
sino sólo notable, ni nada hermoso. Usted puede añadir
una ‘hot guitar’ con sones metálicos
a una soleá, y plañideras que lloren a su
espalda, y ponerlo todo en un espacio minimalista o surreal,
dejar al público libertad para que camine por donde
quiera, incluso por el escenario, y habrá incluido
muchos ‘nuevos’ elementos en la ejecución,
pero nada esencialmente nuevo en la concepción. Así
que ya es hora de decir basta a las sillas de dos patas
que se han ido planteando con las nuevas líneas (otras
no tan nuevas), que confundiendo ‘innovación’
con ‘creatividad’ han maquillado la forma sin
modificar el fondo, o lo que es peor, han pretendido que
esto sea suficiente para todos. También es inmovilista
el que piensa que la obligación del artista es exclusivamente
la evolución, porque la evolución es una consecuencia
de la creatividad y no de la innovación.
Es más, me atrevo a vaticinar que todo aquél
que las confunda, artistas, empresas, instituciones que
no respeten o fomenten la creatividad están abocados
al fracaso. Exijámosla pues... Creatividad en el
arte, creatividad de los artistas; dignidad y seriedad en
la organización de los eventos, en la elección
de los espacios, en la presentación y comunicación
de nuestros productos, para que no hagan sólo mercado,
sino, y sobre todo, enriquezcan un corpus cultural,... ¡Ésa
es la única sinergia que necesitamos!
Y conste que ésta no es mi batalla personal ni me
considero amigo de causas perdidas. Lo único que
sé es que yo soy el máximo responsable de
mi propia experiencia, y si usted piensa como yo, sabe que
el único método para cambiar las cosas tiene
su inicio en uno mismo.
La creatividad sólo podrá imperar si el espectador,
el crítico y el organizador, pese a pertenecer a
mundos tan dispares, son objetivos en sus percepciones.
El espectador desde el gusto y la exigencia de gusto; el
crítico desde la responsabilidad y el conocimiento
alejado del consejo paniaguado o el peso de la tradición;
el organizador desde el convencimiento de que ‘lo
bueno’ siempre es rentable. Y eso sólo será
posible desde la autoestima, ya que ésta es el juicio
de valor que hacemos de nosotros mismos, la evaluación
que lleva implícita la comparación con los
demás. Ése será el tiempo de la ‘creatividad’,
porque casi todo ha sido innovación y sinergia en
los últimos 20 años.
Aún así, el Flamenco tiene que aprender de
otras manifestaciones musicales minoritarias que han tenido
una actividad comercial más emergente y vitalista:
tiene que abandonar el espíritu rebelde que le hace
depender de la Administración, tener ‘conciencia
de subsidio’; entender que las deudas históricas
que no están saldadas, esas deudas que les concedía
el derecho a pensar que todo el mundo les debía algo,
son una lacra para el futuro. Agudicemos nuestra imaginación
para crear fórmulas nuevas, o simplemente para un
nuevo entendimiento; porque esa balanza nunca podrá
estar equilibrada. La actitud de modificar el caché
en función de que pague una peña o un ayuntamiento
suena a reminiscencia de ese deambular entre el trapicheo
y la mendicidad de nuestros cantaores de siglo pasado en
la venta de turno. Sería mucho más profesional
y razonable que el caché dependiera de la responsabilidad
asumida por el aforo del espacio.
El sota, caballo y rey mensual de las peñas, porque
la cosa no da para más..., nos hace olvidar que afortunadamente
existen estos focos de afición que ninguna otra música
ha sabido ni ha podido mantener, y que son el caldo de cultivo
perfecto para la divulgación, formación y
disfrute de esta cultura. Bastaría con hacer prevalecer
el carácter asociativo de sus estatutos para que
dejaran de ser el cortijo de unos pocos.
El tradicional formato de los maratonianos festivales están
pidiendo a gritos una revisión seria, que ya empieza
a no ser suficiente con el alejamiento y el control de la
barra... ¿Por qué parece tan descabellado
exigir conocer de antemano la duración del espectáculo,
el orden de intervención de los artistas, o que las
sillas no se te claven por ningún sitio...?, y ¿por
qué en un festival donde cantan varios artistas,
todos repiten siempre algún palo hasta rozar el cansancio
del espectador?
Pero claro, ahora que el flamenco está mejor que
nunca, hablar de creatividad puede parecer una anacronía
u otra de sus grandes contradicciones. En otros órdenes
de la vida, sólo se habla de creatividad en tiempos
de crisis. Pero así de paradójico es nuestro
flamenco... Mientras unos intentan que sea declarado patrimonio
de la humanidad, otros reclaman su autoría. Y pensamos
que es incompatible, pero alguien tuvo que diseñar,
crear, ejecutar la Alhambra, ¿no?
Afortunadamente, será la humanidad quien determine
a quién pertenece, ahora, que contamos con un mayor
número de artistas nacidos y educados fuera de Andalucía,
ahora que fuera de España han dejado de apreciarlo
desde el espíritu del romanticismo histórico
para entenderlo como una realidad cultural, ahora que hemos
descubierto la diferencia entre pasión y mérito,
y sabemos que el primero no se puede comprar y que el segundo
es siempre barato. Estarán de acuerdo conmigo en
que este complejo entramado requiere fuertes dosis de creatividad
para seguir evolucionando razonablemente.