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Ahora bien, los rituales terapeúticos
de los gnawa empezaban (y siguen empezando)
con una procesión pública en las
calles, el ada (o aada), en la que los qraqech
de hierro y tambores de gran tamaño llamados
tbal producían (y producen) el compás
ternario-binario evocado, cuyo reflejo fonético,
como se ha visto, aparece a menudo en el teatro
menor, en contextos globalmente relacionados
con la prehistoria « flamenca ».
También, en los rituales gnawa a puerta
cerrada que se celebran después del ada,
las mujeres enfermas bailan delante una mayoría
de hombres fuera de todo contexto hogareño
y de familia, lo que es excepcional en el mundo
musulmán. Se contonean ensimismadas por
horas sin que emane de ellas ninguna sugerencia
sexual, pero una vez sacado tal contoneo de
esos contextos, se le puede restituir en poco
tiempo un carácter provocativo(32).
A partir de mediados del siglo XVIII, algunos
documentos facilitan datos pertinentes. El «
Libro de la gitanería de Triana »,
que es de 1749, alude a una fiesta dada en Sevilla
en 1746, delante del « Regente de la Real
Audiencia », durante la cual una danza
« atrevida » llamada « el
Manguindoi » fue bailada « a súplicas
de las Señoras » por una gitana
de Triana que era a menudo invitada a «
las casas principales »(33).
En 1776, el viajero inglés Henry Swinburne
vio gitanos de Cádiz « bailar un
baile indecente que se llamaba Manguindoy »
y que describe como una danza « tan lasciva
y tan indecente que está prohibida bajo
las más severas penas »(34).
Dos años más tarde, en 1778, a
propósito de la famosa tonadillera Antonia
La Caramba, se mencionó un baile llamado
« mandinguillo » o « mandinguoy
» que ella bailó en Madrid(35);
y, hacia el último decenio del XVIII,
en su sainete Los gitanos tragedistas, Blas
de Laserna hizo otra mención más
del « Mandinguoy »(36).
Ahora bien : la palabra « mandinguoy »
– hoy mandinga – designa a la vez
la lengua y un conjunto de etnias mayormente
musulmanas de África central y occidental
en el que hubo gnawa, en la Guinea, el Alto
Níger y la Senegambia ; y fue también
el nombre de uno de los grandes reinos musulmanes
de África, cuya época cumbre fue
el siglo XIV y cuyo nombre sobrevive hoy en
el del Mali(37).
Según toda probabilidad, el « manguindoy
» o « mandinguoy » designó
uno de los predecesores inmediatos del tango,
y se propagó con ayuda de gitanos en
espectáculos y contextos públicos.
Otra circunstancia notable en la génesis
del tango fue la desaparición rápida
del elemento negro en la población de
Andalucía, por extinción gradual
y asimilación(38).
Un fenómeno tan conmovedor para los mismos
negros realza lo paradójico – y
patético – de esas alusiones a
realidades africanas cuando esas estaban perdiendo
terreno en el campo de lo observable y en las
memorias : África se estaba alejando
en un inaccesible ultramar(39).
Por otra parte, la ilusión y las memorias
tienen vida propia, y la nostalgia viene detrás.
Como conservadores (y explotadores) de tradiciones
culturales en vías de desaparición,
los gitanos sacaron buen partido de esa nostalgia
y de esas supervivencias africanas que se podían
reorientar, aunque más tarde los hubo
que eligieron distanciarse de ciertos aspectos
crudos de la herencia.
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* *
Varias conclusiones parecen salir de lo que
precede.
No se puede dudar de que el tango nació
de raíces africanas, al final de una
germinación que empezó con la
llegada a Andalucía de esclavos africanos,
con esos modos de bailar tan suyos y tan sugestivos.
Como el mismo « flamenco »(40),
el tango existió decenios antes de tener
el nombre bajo el cual es conocido, y antes
de que observadores del siglo XIX que vivían
en esferas sociales distintas se dieran cuenta
de su existencia.
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Dicho eso, la importación de algún
que otro sabor cubano no se puede excluir, a
partir de raíces africanas que sobrevivían
allí también. Fenómenos
de importación, lanzamiento o enriquecimiento
se combinan con el problema distinto del nacimiento
propiamente dicho. Pero los influjos africanos
evocados arriba se manifestaron en la cultura
andaluza durante dos siglos, el XVII y el XVIII,
y dejaron toda una huella de continuidades,
mientras las alusiones a tangos « americanos
» vinieron más tarde, a mediados
del XIX, y escasearon en dos decenios.
Dentro de las raíces africanas que se
perciben, una fuente gnawa constituye una posibilidad
notable pero no enteramente demostrable. El
argumento de más fuerza en pro de tal
fuente es aquel compás ternario y binario
casi obsesivo, que es un compás muy especial
y hasta extraño. El resto de la argumentación
se apoya en varios contextos de alguna substancia
y de gran coherencia(41):
nada más, pero nada menos. Sobre esas
bases cada lector se hará su opinión.
Por otra parte se vuelve más y más
evidente con ese tipo de investigaciones que
la hispanidad tendrá que dejar –
o consentir – sitio abierto a tales aportaciones,
de negros y de gitanos (y de moros), en aquel
crisol de culturas que fue el sur de España
durante más de un milenio. No hay motivo
para afligirse o espantarse de tales fenómenos,
ni de la huella que dejaron, tal vez algo ambigua,
pero en su mayor parte esplendorosa y fascinante
. Como ya indicado, ayudaron la música
española y el gusto popular, generación
tras generación, a resistir la presión
de modas importadas y códigos extranjeros,
apoyándose sobre una herencia «
nacional » cuyas raíces eran mezcladas.
Los contextos evocados también dan algún
contenido a la clasificación del tango
por Antonio Mairena entre los « cantes
básicos »(42)
– lo que significaba para él cantes
básicos del repertorio gitano. Durante
decenios, tal clasificación me pareció
más curiosa que convincente : antes de
la aparición de los tientos, el tango
era baile más bien que cante. Ahora me
parece probable que, para opinar así,
Mairena se apoyó en lo que le dijeron
sobre el tema viejos gitanos y gitanas de la
Triana de entonces, como Rosalía y Perla
de Triana, algunos de los cuales reaparecieron
en el Lope de Vega en 1983 y en la película
de 1992. No cabe duda ahora de la importancia
histórica de algo llamado tango, pero
como tronco evolutivo y cruce de caminos más
bien que como cante básico.
Por otra parte, lo que precede sólo
es un cuadro de conjunto y deja mucho por esclarecer.
Se necesitarán estudios de los repertorios
locales y personales de tangos, incluyendo los
nacidos fuera de las dos provincias principales(43).
Dentro del esquema de evolución esbozado,
lo antiguo se reconoce fácilmente en
sus rasgos : un compás con escasas variaciones,
poco espacio dejado al cante, y en el baile
una fuerte tendencia a impulsar meneos. Los
tientos, por supuesto, representan la polaridad
inversa, y también ofreceron la ventaja
de poder ser cantados delante de un público
con menos entrega de la que se necesita para
tandas de siguiriyas o de soleares. Pero la
relativa libertad con que trozos del texto pueden
– o deben – ser repetidos dentro
de los tientos les confiere un carácter
algo facilón(44):
con tales repeticiones casi ad libitum y a veces
ad infinitum, se pierden la estructura, densidad
y rigor de siguiriyas o soleares. Dentro de
esa evolución, la existencia como cante
del tango propiamente dicho quedó precaria
: de tangos-tangos grabados por cantaores punteros
se encuentran pocos, y se notan en ellos reimportaciones
de tientos acelerados. También, de la
transición de los tangos a los tientos
nació la necesidad de disponer de una
música festera nueva . Se habían
dado en privado vueltecitas por tangos antes
de las vueltecitas por bulerías que conocemos
: iba llegando la hora de estas últimas
, y según toda apariencia nacieron de
las tradiciones distintas de los jaleos.
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| (32) V. los dos vídeos
mencionados en la nota 23 arriba.
(33) V. Libro de la gitanería de Triana […],
Sevilla, 1995, p. [22].
(34) V. Navarro, 1998, p. 182-3
; y François de Vaux de Foletier, Mil años
de historia de los gitanos, (ed. Espluga de Llobregat,
1977), p. 161. V. también Larrea, p. 104.
(35) V. Navarro, 2002, pp. 91
y 98.
(36) V. Navarro, 1998, p. 181.
En la prensa de 1859 se encuentran dos alusiones a un
negro (« negrazo », « negrito »)
bailando « la manduca » en compañía
de dos ciegos, con meneos sugestivos, en las calles
de Sevilla : v. op. cit., p. 160 nota 16, y Ortiz Nuevo,
pp. 48-9 y 340. Parece muy probable que esa «
manduca » procedía del mismo árbol
africano que el mandinguoy. Algo como tres decenios
más tarde, según Manolo Caracol (que debía
la información a su padre), Enrique El Mellizo
fraguó su cante de « Hablo con mi Dios
y le digo » a partir de un canto « gallego
» llamado « manduca » y cantado por
una criada de su vecindad : v.Rito y geografía
del cante, vol. 6A, y Historia del Flamenco, IV.417.
Esos detalles pertenecen, no a la génesis de
los tangos, sino al paso de tangos a tientos, un tema
que queda por esclarecer.
(37) V. Encyclopedia Universalis,
s.v. Mali ; y Vincent Monteil, L’Islam noir, (ed.
París, 1971), pp. 70-5.
(38) V. Moreno, pp. 62, 252,
493, etc. En 1548, alrededor del diez por ciento de
la población de Sevilla capital constaba de negros
o mulatos (p. 54). Las cofradías cristianas de
negros y de mulatos desaparecieron respectivamente en
1650 y 1750 (p. 76).
(39) En el XIX, los pocos negros
que se podían ver en Andalucía procedían
probablemente de Cuba u otras colonias, y eso puede
explicar que se utilizó (brevemente) el término
de « tango americano » a mediados del siglo.
(40) V. pp. 202-4 en mi libro
: ya existían muchos de los cantes antes de que
la palabra flamenco empezó a designarlos.
(41) Un ejemplo más de
esa coherencia es facilitado por una alusión
de un viajero inglés, el teniente coronel William
Dalrymple. En 1774, evocó « una danza lasciva
que viene de las Indias occidentales » y añadió
: « Creo que esa danza procede de la costa de
Guinea, porque he observado que en Tetuán los
soldados negros del emperador de Marruecos bailan un
baile muy semejante, con castañuelas en sus manos
» (v. Navarro, 1998, p. 203 ; y Larrea, pp. 102-3).
Por poco nos encontraríamos delante de un texto
de maravilla, donde parecen juntarse un ritmo y castañuelas
importados a Marruecos desde la costa de Guinea por
gnawa de la Guardia Negra, y el baile de que se está
tratando aquí. Pero no : Dalrymple nombra «
el fandango » en vez del tango. Por otra parte,
no consigo convencerme de que una fuerte dosis de lascividad
(como ilustrada por ejemplo en el Apéndice I
de Navarro, 1998) pudiera encontrarse o entrar en fandangos
tradicionales, es decir camperos. Parece concebible,
entonces, que la final –ngo (frecuente en la África
negra) adquirió gracias a esos tangos una carga
tan fuerte de sugestividad sexual que se propagó
a los nombres de otros bailes en –ngo, tales como
el fandango y el zorongo, y sirvió para abrir
perspectivas tentadoras a posibles clientes, quienes
en su mayoría ya habían oído hablar
de fandangos.
(42) V. Ricardo Molina y Antonio
Mairena, Mundo y formas del cante flamenco, (Madrid,
1963), pp. 228-30 ; el monumento en Mairena del Alcor
también menciona el tango. Según sus Confesiones
(Sevilla, 1976), pp. 52-4, lo primero que cantó
Antonio Mairena de niño en su familia fue, para
el baile de Faíco, « un tango que había
puesto de moda Pastora Imperio » ; pero lo que
cita era una canción por tangos.
(43) En algunos tangos de Extremadura
y en otros de Jaén, se notan frases melódicas
largas que se van para abajo y pueden reflejar lejanas
fuentes africanas. El maestro Otero (loc. cit. nota
5 arriba) enseñaba « cuatro tangos distintos
», todos sin duda alguna presentables. Al lado
del tango lascivo que bailaban los gitanos en público,
parece probable que se dedicaban también entre
sí a tangos festeros : v. nota 4 arriba.
(44) Rodríguez Marín,
op.cit., p. 16, cita y deplora un caso de sustitución
del verso « y si el rico no te da » por
« y cuando el rico no tenga dinero que darte ».
La sustitución es atribuida a Pastora Imperio,
pero se encuentra en tientos anteriores de la otra Pastora
(v. 03.07 y 09), cuyo talento para reformular versos
era impresionante. |
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