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Pierre Lefranc

 

Sobre los Tangos y sus parentescos

Pierre Lefranc
Francia, 2004.

 

 

   
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Tales onomatopeyas y ecos fonéticos reflejan no sólo la existencia y persistencia, durante más de un siglo y medio, de ritmos mayormente ternarios a veces combinados con efectos binarios, sino también una determinación en los autores mismos a dejar constancia de la existencia de tales ritmos, y periódicamente a apoyarse en ellos por lo frecuente y notable que eran. Los trasfondos de esas alusiones presentan un lado africano y otro andaluz. Por el africano, vienen mencionados negros bailando y cantando, meneos « lascivos » y gestos « atrevidos », asociados a esclavos importados de África, y a topónimos como « Tumbucutu », Congo, Guinea, Santo Tomé y Angola(18). Por el lado andaluz, y que más tarde se volvió andaluz « típico », se mencionan guitarras, varios bailes de origen africano o afro-americano que tuvieron su hora de popularidad (como el guineo, el zarambeque, el ye-ye, la zarabanda, la chacona, el tengue-tengue, el paracumbé, y otros), y la presencia de gitanos en esos ambientes y actividades(19).

No cabe duda de que esa red de alusiones nos pone delante de un fondo común y caldo de cultivo de origen africano cuya evolución en Andalucía produjo varios componentes de lo que más tarde vino a ser llamado « flamenco ». Un mismo compás apoyado en una base ternaria de un tipo poco frecuente entró en algunos bailes andaluces pre-flamencos hoy perdidos, entre los cuales, un día, nació el tango, que los gitanos en la siguiente etapa se encargaron de transmitir.

Tal fenómeno formó parte de un conjunto histórico cuya percepción está ganando en claridad. En algunos arrabales, generalmente extra muros, de creación o expansión reciente, como Santa María en Cádiz, Santiago y San Miguel en Jerez, Triana en Sevilla, El Perchel en Málaga, y otros, los gitanos estuvieron en contacto duradero con otras minorías de marginados(20). Se interesaron por la cultura de aquellos y, como sobrevivieron a esos grupos (y, salvo traslados, siguieron viviendo en los mismos barrios), preservaron y transmitieron parte de esas tradiciones en vías de extinción, a las que el público seguía apegado. Recuerdos y reflejos de tales tradiciones se podían evocar y explotar delante del público de las calles y plazuelas. Más tarde vinieron los primeros viajeros, los majos y varios observadores (tipo Estébanez Calderón) que se interesarían por lo antiguo, y los turistas. Ya sea delante de públicos de espectadores o bien a puerta cerrada en el hogar, algunos gitanos andaluces de Sevilla para abajo preservaron varios romances ; otros, hasta más arriba de la cuenca del Guadalquivir, conservaron algunos villancicos navideños(21); otros más, formas antiguamente africanas de baile. Cuando empezó el siglo XIX, ciertos fragmentos de esas culturas amenazadas se habían ganado un espacio dentro de la cultura de esos gitanos, dándoles una relación personal con Andalucía y una memoria que cultivar : algo a la vez heredado y hecho suyo, para poder relacionarse y al mismo tiempo mantenerse distintos. Ahora bien, la supervivencia de aquella cultura popular fue la base permanente sobre la cual la música española y el gusto de los públicos plebeyos se apoyaron durante siglos para rechazar con la mayor firmeza todos los modelos importados y modas extranjeras(22). A esos niveles socialmente modestos pero rebosantes de vida, y que fueron decisivos histórica y musicalmente, los gitanos se ganaron un público e hicieron lo suyo, recogiendo monedillas y preservando fragmentos de tradiciones desdeñadas por otros niveles sociales y a punto de perderse.

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Apoyándose en algunos de los trasfondos evocados, es posible dar un paso adelante, y enfocar sobre una tradición africana identificable y todavía vivaz, la tradición gnawa. Dicha tradición tiene una antigüedad de siglos, y existen sobre ella grabaciones, películas y libros de investigación(23). Por otra parte, se ha desarrollado recientemente en un género musical independiente, cuyo impacto es ahora internacional(24).

Los gnawa son descendientes de esclavos negros, organizados en pequeñas cofradías de músicos-terapeutas, que suelen repetir sin cesar secuencias binarias de pulsaciones ternarias de un tipo que se reconocerá – 123 123 123 123 (etc.) – con las que producen efectos curativos. Sus rituales – el más importante de los cuales, llamado la derdeba, dura una semana entera – descansan en una sinergia de músicas, danzas, salmodias, colores e inciensos en la que las mujeres desempeñan un papel esencial y cuyo efecto global produce arrebatos benéficos para desordenes psíquicos y somáticos.


 
 

 

Se consideran como descendientes de Bilal, un esclavo negro de origen abisinio que era camellero, y que el Profeta libertó antes de hacer de él el primer almuédano del Islam(25). Bilal también un día curó a Fátima, hija del Profeta, de una melancolía aguda, haciendo música suya y varias payasadas con disfraz abigarrado delante de la puerta de ella, hasta que la abrió, se puso a reír y salió de casa. La música tradicional heredada de Bilal descansa en gran parte en la pulsación de castañuelas gordas, una en cada mano, que son ahora crótalos de hierro llamados qraqech. Su ritmo predominante, es del tipo ternario y binario repetido sin fin – 123 123 123 123 (etc.) –, con un matiz interesante. Según que las castañuelas se abran o se cierren, producen sonidos algo distintos que se pueden notar como aba bab aba bab (etc.). Eso confirma la doble estructura, ternaria y binaria, del compás y tiende a oscurecer la distinción entre lo binario y lo ternario(26). Una combinación tal, de dos con tres, encierra una dimensión de misterio. Dentro del ritual gnawa, la repetición durante horas y días de esos ritmos provoca trances que, según se dice, reestructuran o remodelan el psiquismo hondo de los pacientes. En esos ritmos se juega con los silencios, síncopas y contratiempos, y se introducen variaciones que el lector podrá reconocer, como 123 12, 123 1, y otras(27). Por otra parte, lo poco de canto que se incluye no pasa de breves comentarios salmodiados, muchas veces de tipo responsorial.

La palabra gnawa parece proceder del árabe Ghinee awa, es decir, los de la Guinea. Sus cofradías se propagaron primeramente en el Sudán, entendido como el territorio comprendido entre el Sáhara y el Golfo de Guinea. Se difundieron a partir de Tombuctú hasta la África extrema-occidental (Senegambia), y también hasta Marrakech, que fue durante siglos un mercado mayor de esclavos negros. En la historia de Marruecos los gnawa desempeñaron más tarde un papel importante. En el XVII, ayudaron al sultán Moulay Ismail a crear un ejército fuerte y fiable, basado en esclavos negros musulmanes semilibertados, y centrado en una Guardia Negra (« La Garde Noire ») que sigue existiendo. Un siglo más tarde, contribuyeron a la construcción de una nueva ciudad, Essaouira, donde los portugueses habían edificado Mogador ; Essaouira era tradicionalmente llamada « el puerto de Tombuctú », y sigue siendo en gran parte una ciudad gnawa(28).

Los negros se exportaron también fuera de África, mediante el tráfico de esclavos en varias épocas. Hubo esclavos negros en España durante la Edad Media, en particular en el sur, no sólo en al-Andalus sino también en la Andalucía reconquistada del Guadalquivir(29). A partir de la segunda mitad del XV, nació la trata de negros moderna, con proporciones nuevas. Los portugueses entraron en el Golfo de Guinea hacia 1450 y consiguieron el monopolio de dicho tráfico en 1479. Los esclavos eran llevados a Portugal, y de ahí transportados a Sevilla, bien por Huelva o bien por mar a Cádiz y los Puertos (Puerto Santa María y Sanlúcar de Barrameda) ; más tarde, parte de ese tráfico se hizo directamente con Sevilla. En los siglos XVI y XVII, hubo cofradías o hermandades de negros en Huelva, Sevilla y Triana, Cádiz, El Puerto, Jerez, Málaga, Granada y Jaén(30). En el teatro menor evocado arriba, los topónimos africanos aludidos son Santo Tomé, Angola, Congo, Guinea y Tombuctú : todos esos nombres pertenecen precisamente a la geografía de la trata de esclavos en sus versiones medieval y moderna.

No hay prueba de que los esclavos negros importados a Andalucía incluyeron gnawa, pero es muy posible que pequeños grupos de ellos se dejaron coger y exportar, con el fin de poder ayudar a compañeros de cautiverio : con cuatro o cinco músicos queda formada la base de una cofradía de gnawa, y una característica notable de ellos es su relativo altruismo. No se sabe tampoco si pudieron ser organizadas sesiones terapeúticas de modo duradero en el contexto andaluz, pero los ritmos tratados han podido ser preservados y cultivados por sus méritos propios en privado y en público. Desde finales del XIV, los esclavos negros eran oficialmente autorizados a « juntarse en sus bailes y fiestas en los días feriados, con que acudían gustosos al trabajo y toleraban mejor el cautiverio ». También tomaban parte en las fiestas del Corpus, las más frecuentadas de todo el año, con gran concurrencia de pueblo(31), y por cierto algunos gitanos muy listos, entre participantes y espectadores, y siempre dispuestos a recoger todo tipo de diversión y de material utilizable para tal fin.

 


(18) V. Navarro, 1998, pp. 69-89, 101-2, 111, 117, 119, etc. para los meneos, etc., y los esclavos ; y pp. 72-74, 87-8, 91, 94-5, 119, 150, 151 y 181, para los topónimos. Una cita de la p. 221 evoca « mil meneos / que alteran a veces / el organo interno ». Moreno, op. cit. nota 20 infra, p. 55, ha contado veintiún grupos de danzas con negros en Sevilla entre 1550 y 1650. Antonio Carrión, que fue maestro de danzas, describe en 1820 los « bailes populares y truanescos que se introdujeron en el teatro » como « siempre » de « compás ternario, y los movimientos de los pies y cuerpo retorcidos y descompuestos » : v. Navarro, 1998, p. 96. La zarabanda y la chacona iniciaron su carrera en esos contextos africanos y lascivos antes de ser ralentizadas y de alcanzar el nivel de la música cortesana. Dentro de tales contextos y continuidades africanas, las posibles importaciones de Cuba serían epifenómenos.

(19) Los nombres de esos bailes reaparecen como títulos de capítulos o de párrafos en Navarro, 1998 (y también en 2002). Para alusiones a gitanos, v. 1998, pp. 92, 179-86 y 212. Se encuentran también menciones de zapateado, taconeo y castañuelas : pp. 95, 106, 108, 109, 111, 119, 210, etc.

(20) Entre los muchos negros que eran libertados, por ejemplo al morir sus amos, muy pocos conseguían empleos fijos : v. Isidoro Moreno, La antigua hermandad de los negros de Sevilla, (Sevilla, 1997), p. 43. Las minorías y la gente menos integrada social y económicamente eran invitados a « fijar sus domicilios fuera de las murallas » para evitar todo riesgo y desorden dentro de ellas durante la noche (v. por ejemplo Moreno, p. 73). Como en el Marruecos de hoy, los mercados (de caballos, ganado, carne, etc.) se celebraban extra muros, lo que contribuyó probablemente temprano a orientar algunos gitanos hacia ciertas actividades económicas periféricas de los mercados. También, en Triana, instalaron sus herrerías en la Cava, un foso semicircular que había perdido toda utilidad defensiva (v. Antonio Domínguez Ortiz, La Sevilla del siglo XVII, ed. Sevilla, 1984, p. 43), y allí seguían viviendo y trabajando, en Pagés del Corro, a principios del siglo XX.

(21) Sobre los romances recogidos por gitanos, la documentación se extiende de Cervantes, « La Gitanilla », a Estébanez Calderón, « Un baile en Triana » (que describe un espectáculo dado a un público en parte no gitano) y a los artículos de Luis Suárez Ávila ; v. también Teresa Catarella, El romancero gitano-andaluz de Juan José Niño, (Sevilla, 1993). La supervivencia de villancicos navideños entre gitanos en Jerez, probablemente Cádiz, y hasta Andújar, también queda por estudiar, sobre la base de los textos recogidos por Fernán Caballero y otros, de lo auténtico que ha sido preservado en Jerez, y del repertorio navideño de Rafael Romero (que lo grabó en parte en Francia).

(22) Tal es el tema central de cualquier historia de la música española, entre las cuales se debe mencionar, por su riqueza y carácter monumental, la de Rafael Mitjana publicada (en francés) en Lavignac et La Laurencie, Encyclopédie de la Musique et Dictionnaire du Conservatoire, Première Partie, Vol. IV (París, 1920).

(23) Las principales grabaciones son : Les Gnawa du Maroc […] (Ethnic Auvidis, 1995) ; Ritual Music from [the] Mediterranean (FMM, 1997 ; ese CD viene adjunto al libro de Nigris mencionado a continuación) ; y Hadra des Gnaoua d’Essaouira (Ocora, sin fecha) ; v. también algunos cortes en el CD adjunto a Homo-Lechner et Rault, Instruments de musique du Maroc et d’al-Andalus, (s.l., 1999). Existen también dos vídeos : de Izza Genini, Gnaouas, en su serie Maroc, Corps et Ames (1993), recientemente reeditada ; y de Eliane Azoulay, Transes gnaouas (Muzzik-Séquence SDP, 1999). Tres libros de investigación facilitan la información básica : Antonio Baldassare, « Il rito musicale dei Gnawa del Marocco », in D.F. de Nigris, ed., Musica, rito y aspetti terapeutici nella cultura mediterranea, con el CD mencionado arriba (Genova, 1997) ; Abdelhafid Chlyeh, ed., L’Univers des Gnaoua, también con CD adjunto, ([Grenoble], 1999) ; y del mismo autor, Les Gnaoua du Maroc […], ([Grenoble], 1999). Chlyeh contribuye con comentarios al videocasete de Azoulay. (Internet, por su parte, se concentra sobre la producción reciente evocada en la nota que sigue).

(24) En plazas y mercados (como Jemaa el Fna en Marrakech), hubo probablemente durante siglos gnawa que hacían música para recoger monedillas. Pero el fenómeno que empezó en el decenio de 1970 fue de un tamaño distinto. A partir de una cultura tradicional con finalidad terapéutica nació una música de diversión para otros públicos. El fenómeno es análogo al desarrollo de un « flamenco » desconectado de sus fundamentos socio-históricos.

(25) Se atribuye al mismo Bilal la forma tradicional de la llamada pública a la oración musulmana, el Adhán, que fue una adaptación aprobada por el Profeta de cantos de los camelleros del desierto. He indicado en otro sitio que un motivo central de ese Adhán es la raíz melódica del martinete de origen y de tres siguiriyas fundacionales (v. mi libro El Cante Jondo […], Sevilla, 2000, pp. 53-5 y el CD adjunto). Según toda probabilidad, gitanos condenados a galeras adquirieron ese motivo de parte de compañeros de banco musulmanes y lo trajeron a tierra, especialmente cuando las galeras fueron suprimidas en 1748. Se escuchó una « queja de Galera » hacia 1749 en boca de gitanos durante un espectáculo dado en una de las « casas principales » de Sevilla : v. la nota 33 más abajo. (Debido a la presión de la piratería argelina, la pena de galeras fue restaurada en 1784 : v. Manuel Martínez Martínez, La minoría gitana de la Provincia de Almería […], Almería, 1998, pp. 76 y 159).

(26) Ese punto ha sido puesto de relieve por Baldassare, p. 18 ; v. también su contribución a Chlyeh, ed., pp. 93-6, donde menciona una analogía entre esos rasgos y los ritmos de los martillos en el trabajo de la fragua (los gnawa también trabajaban el hierro). En el vídeo de Eliane Azoulay, un aficionado práctico francés comenta (traduzco) : « Eso no es ni ternario ni binario sino entre los dos, y juega sobre aquello, de quedarse entre los dos ».

(27) Los extractos reproducidos a continuación proceden, los dos primeros, de los vídeos de Genini y de Azoulay ; y los cuatros que siguen, del primero y tercer CD mencionados en la nota 23 arriba (cortes 6 y 14 del primero ; cortes 1 y 8 del tercero). Los vídeos permiten cerciorarse del carácter ritual de lo que se presenta. Los extractos con panderos grandes pertenecen a las procesiones públicas que abren los rituales.

Ejemplo sonoro 7
Ejemplo sonoro 8
Ejemplo sonoro 9
Ejemplo sonoro 10
Ejemplo sonoro 11
Ejemplo sonoro 12

(28) Sobre esos asuntos africanos v. las enciclopedías, por ejemplo Encyclopedia Universalis (ed. de 1995), Dictionnaire encyclopédique Quillet (ed. de 1983), etc. Una consecuencia de esa historia es la presencia permanente de gnawa en los palacios de los reyes de Marruecos.

(29) Baldassare, en Chlyeh, ed., p. 99, nota 12, remite a un texto de hacia 1200 en que un escritor andalusí mencionaría « la derdeba de los negros », pero eso está equivocado. Dicho texto en realidad alude a « la Dabdaba (tambor) de los negros » en una enumeración de instrumentos de música ; v. Alphonse Luya, « La ' Risala' d’As-Sakundi », Hespéris, 22 (1936), 133-81 ; p. 169. Sobre esclavos en España antes y después de 1492, v. Moreno, op. cit., pp. 36, 39 y 479-91.

(30) V. op. cit., pp. 43-4, 50 y 62 ; y Navarro, 1998, p. 62 nota 13.

(31) V. Moreno., pp. 40, 53, etc. ; Navarro, 1998, p. 58 ; y Historia del Flamenco, I.185-6, para Jerez.


 


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