Paco Vargas
Jerez, Febrero de 2008
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XII Festival de Jerez . Crítica.
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MIGUEL POVEDA. “SIN FRONTERA”
Lugar, fecha y hora: Teatro Villamarta, 7 de marzo 21:00 horas. Aforo: Lleno.
Cante: Miguel Poveda y Luís “El Zambo” (artista invitado). Baile: Andrés Peña (artista invitado). Guitarras: Juan Gómez “Chicuelo” y Moraíto Chico (artista invitado). Palmas: Carlos Grilo y Luís Cantarote. Dirección artística: Pepa Gamboa. Escenografía: Antonio Marín. Iluminación: Manu Madueño. Sonido: Manu Meñaca.
Desde el principio, el espectáculo anuncia lo que éste va a ser: un encuentro, un diálogo entre Barcelona (tierra de nacimiento del protagonista) y Jerez (tierra de adopción del joven cantaor catalán, de la que está profundamente admirado y en la que tanto aprende). Un homenaje, en definitiva, un acto de agradecimiento de Miguel Poveda a los cantes y a los cantaores de Jerez. Una reivindicación de la forma de vivir el flamenco en Jerez, que, encontrando parangón con otros lugares, es propia y uniquita. Jerez es otra cosa.
Así, el arranque es por bulerías al golpe, a modo de inicio de la ceremonia, donde están los flamencos de la tierra haciendo soniquete sobre la mesa que preside Luís “El Zambo”, que saca de su garganta los mejores sones jerezanos de las “bulerías pa’ escuchá”. La juerga ha comenzado y el reloj permanece mudo mientras el tiempo y la luz ya se apagan ya se encienden. Le toca el turno a Miguel, el cenital nos lo ofrece junto con “Chicuelo” –su mejor guitarrista-, y nos entrega una minera y una taranta, de magnífica factura, que reclama la memoria de El Cojo de Málaga. Le contesta el veterano cantaor jerezano, que busca su mejor complemento en la guitarra de Moraíto, para ponerle voz al baile de Andrés Peña: la bulería por soleá acaba en unas bulerías sin color, frías todavía: estamos en los inicios de la fiesta. De nuevo la luz nos lleva a Barcelona y Miguel canta dos versiones personales por malagueñas: una al estilo de Chacón (“Se me apareció la muerte”) y otra al estilo de Concha “La Peñaranda”. Las remata con un fandango de Lucena, que aprovecha para demostrar que en el fandango está el origen: palmeros y guitarristas pasan del aire abandolao al ritmo de bulerías de manera natural y sin sobresaltos. Y es que, entre aquel fandango de origen folclórico y estas bulerías nuevas sólo media el tiempo y los artistas que han evolucionado el cante.
La fiesta flamenca se alarga y al llegar la grandeza por martinetes se produce el encuentro: El Zambo y Poveda provocan la admiración, la pasión y los plausos del respetable. Qué borrachera de cante en “Los Juncales”, donde tantas noches esperaron al día. Y luego los tientos con los tangos, en un alarde de conocimiento y flamencura. Un toque por bulerías, ¡qué soniquete!, interpretado por Moraíto y Chicuelo, dio paso a una afortunada serie por seguiryas en las que El Zambo imprime de forma indeleble su sello santiaguero.
 
Las cantiñas de Andrés Peña, ya desbocado en el remate por bulerías, dan paso al cuplé por bulerías, que es una declaración de amor a Jerez, en el que Poveda es un verdadero especialista por su emotividad y la capacidad para conectar con el público. El resto de artistas lo agradecen. El sonido no acaba de funcionar bien y desluce el espectáculo por momentos. La fiesta, ya por bulerías de todos los estilos y para todos los gustos, parece tocar a su fin, pero de pronto suena la quejumbrosa voz de Diego Carrasco –una emocionante sorpresa, pues no estaba previsto en el programa- que canta aquello de “Alfileres de colores…” Y Miguel le contesta. Y los dos bailan. Y se arma el taco literalmente. Se retiran los artistas entre aplausos jerezanos –los que se hacen a compás-. Pero “los jartibles” siguen. Y allí se quedan Miguel Poveda y Luís “El zambo” cantando por soleá, solos, frente a frente, mientras el día vuelve a amanecer y el telón cae. ¡España-Jerez! De arte.
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ANTONIO REYES-MANUEL MONEO
Lugar, fecha y hora: Bodega Los Apóstoles, 7 de marzo 00:00 horas.
Aforo: tres cuartos de entrada.
Cante: Antonio Reyes y Manuel Moneo. Baile: Patricia Valdés. Guitarras: Antonio Higuero y Barullo. Violín: Sofía.
La última gala de esta exitosa edición del Festival de Jerez, en el escenario de la Bodega Los Apóstoles (González Byass), tuvo como protagonistas a dos cantaores, uno de Chiclana y el otro de Jerez, que resumen las esencias del cante clásico desde la perspectiva del tiempo que contempla cada uno de ellos. Era un concierto que había concitado el interés entre la afición clásica, pero que luego no cumplió las expectativas.
Algunos cantaores jóvenes se empeñan en transitar por caminos andados ya por otros y en los que todos han fracasado: intentar emular a las figuras geniales del pasado reciente tiene una gran dificultad, que en la comparación salen siempre perdiendo. Es lo que le ocurrió al joven cantaor chiclanero, pues en un recital donde desgranó cinco cantes, dos fueron zambras de Caracol, en las bulerías recordó a Caracol y en los fandangos cantó con las formas de Caracol (y otro de Antonio de la Calzá) y sólo nos sonó a Antonio Reyes en la serie por seguiriyas que fue de Tomás Pavón a Los Puertos –hecha sin demasiado convencimiento- y en los tangos más festeros de Granada, Málaga y Extremadura. La bailaora Patricia Valdés –su mujer- le ayudó en el cante por bulerías y en la zambra final, recordando a Lola Flores, pero no fue suficiente.
Antonio Reyes tiene formas de cantaor grande y un eco flamenco de los que escasean, pero debe dejarse asesorar y conducir para que todos esos valores no se pierdan en la nostalgia de lo irrepetible. Y Manuel Ortega Juárez “Manolo Caracol” fue una figura genial a la que hay que admirar –y aprender de ella-, pero no imitarla.
Descubrir a estas alturas del flamenco a Manuel Moneo es como descubrir el vino de Jerez: ambos tienen la solera y el sabor de los siglos. Y así es el cante del patriarca de los Moneo, hecho de tiempo y de sabor.
Nada más subirse al escenario, en compañía de su nieto Barullo, su guitarrista, ya avisó que “él no evoluciona” y que canta lo que conoce y mejor sabe hacer: el cante clásico de siempre, de Jerez (y de la escuela de Mairena), en el que siente a gusto y el que espera el público de él. Nada que objetar.
Arrancó con una larga serie de estilos por soleá que empezó en Alcalá y acabó en Lebrija con los cantes de Juaniquí, interpretados todos desde su particular concepto del cante. Muy bien de voz, siguió cantando por seguiriyas de Jerez que por momentos nos trasladaban en el tiempo para reencontrarnos con Manuel Torre y los legendarios seguiriyeros jerezanos. Y luego, otra serie por fandangos que llenó de olés la sala con aroma a vino y a siglos. Eran casi las dos de la madrugada. Lo que ocurriera después, lo desconocemos.
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JOSÉ MENESE
Lugar, fecha y hora: Bodega Los Apóstoles, 23 de febrero 00:00 horas. Aforo: Lleno.
Cante: José Menese. Guitarra: Antonio Carrión.
No se puede decir que el cantaor de Puebla de Cazalla (Sevilla) cantara mal, porque no lo hizo, pero tampoco que emocionara, porque no lo consiguió. El público, muy correcto toda la gala, no exteriorizó su pasión toda vez que el cantaor no la provocó.
El recital nos pareció poco estructurado en cuanto a su desarrollo, falto de planteamiento, nudo y desenlace –como ocurre en cualquier historia, y una actuación artística es una historia al fin-, por cuanto fue dando saltos de los tarantos a la mariana para volver a las rondeñas y entrar de lleno en las soleares y culminar en el cante por seguiriyas. Y como postre unas guajiras. Así es muy difícil mantener la comunicación con el respetable. Por eso éste no respondió y se mostró frío –como el cantaor- en todo momento.
Así las cosas, el cantaor morisco, que tuvo su mejor soporte en la guitarra de Antonio Carrión, pues le dio los tonos justos en todo momento, lo esperó cuando había que esperarlo y lo recogió cuando el veterano cantaor se tambaleaba por falta de fuerza; empezó su actuación por tarantos, con lejanos recuerdos de Almería, continuó por marianas, cante que en su boca tiene el valor de los textos de Francisco Moreno Galván, para a continuación ofrecernos unas rondeñas al estilo de Rafael Romero “El Gallina”, aunque fijadas en la versión de Miguel Vargas, y la conocida como rondeña clásica o natural con la que no pudo en el tercio final. Luego entró de lleno en las soleares, que comenzó por los estilos de Cádiz, sin brillantez en los tonos altos, hasta encontrarse con su mejor cante por seguiriyas en los estilos de “El Nitri” y Perico Frascola, con aditamentos de Ramón Medrano y un remate por toná-liviana en el más puro estilo de la escuela de Antonio Mairena, de la que, como es de sobra conocido, es un fiel seguidor.
Había anunciado el final, pero insospechadamente nos regaló un cante por guajiras, innecesario tras las seguiriyas y fuera de lugar pues nadie lo había pedido.
Fue, en definitiva, la suya, una actuación escasa de pasión jonda, limitada por la responsabilidad y carente de espontaneidad, sorpresa y tensión flamenca; a pesar de que todo lo tenía a favor. Pero, seguramente, todo se debió a una sola razón y es que Jerez sigue pesando demasiado para determinados cantaores.
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