El mundo está lleno de decepciones y sorpresas y el flamenco no podía ser una excepción. Digo esto, porque en un Madrid de seis millones de habitantes afortunadamente siempre hay una cita donde acudir para escuchar flamenco, la gran pregunta es ¿qué flamenco? Losteatros generalmente nos ofrecen baile, el baile llamado de “consumo” y en este preciso momento tenemos dos grandes ofertas: una pomposa y dulcificada, y otra lujosa y regia, ambas para que los “bien pensantes” puedan disfrutar en el teatro y discutir en la oficina cual de las dos bailaoras viste mejor.
Otra de las ofertas son los tablaos, pensados única y exclusivamente para un público de sufridos y pacientes turistas, o mejor dicho muy pacientes, porque he presenciado lo cortos que son en el trato y lo largos al confeccionar la factura de la cena.
Finalmente nos quedan las peñas, muchas de ellas como bastión testimonial de un agónico ayer que nunca volverá. Naturalmente siempre hay excepciones y a veces sorpresas como la del viernes pasado en la peña Duende, donde se cantó con autentico intríngulis, sin adornos ni gaitas. A esto, algunos lo llaman “cantar por derecho” y tienen razón, porque el cante es solitario, recogido, corto y sus letras cercan todo en una sola frase para ir más directas al puro centro. El provocador de este artículo tiene nombre y apellidos, se llama Antonio José Mejias, y aunque puede que sea un desconocido para muchos, espero y deseo que pronto deje de serlo, por que es de los que ponen las cosas del cante en su preciso lugar.
Como ven tenemos en Madrid un amplio abanico donde elegir, y aunque la Bienal de Sevilla nos queda un poco lejos en kilómetros, con el Ave se nos hace tentadora. Ahora va a resultar que la eterna polémica entre Silverio y Tomas “El Nitri” no tenía demasiado sentido, puesto que un siglo después nos encontramos con un flamenco acomodado en los altares y otro sentado al filo de las cavernas.

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