El arte flamenco andaluz debe
ser una de las expresiones populares más conocidas
en todo el mundo y Latinoamérica es una de las zonas
en que más se le cultiva y difunde. No hay que olvidar
que en esta zona geográfica hay sobre trescientos
millones de personas que hablan el mismo idioma en que nació
y se ha hecho siempre el flamenco. Si bien esto, inexplicablemente,
no alcanzó para que la UNESCO lo declarara Patrimonio
Oral de la Humanidad, debemos consignar que es un factor
hereditario incuestionable de toda la gran comunidad de
habla hispana, donde desde comienzos del s. XX y en virtud
de la llegada de ciudadanos andaluces a América Latina,
el arte flamenco ha estado presente.
El idioma, por supuesto, y las raíces hispanas que
de una u otra manera todos los pueblos iberoamericanos exhiben
convertidas en un mestizaje incuestionable, han colaborado
también a que el flamenco se asentara entre nuestros
pueblos. Con el paso de las décadas, ya no fue solo
la expresión de los inmigrantes andaluces sino también
una naciente forma de bailar en nuestros pueblos, donde
las academias de baile fueron la primera forma de difusión
del flamenco. Muy pocos fueron los cantaores que vinieron
a América y pocos también los guitarristas,
especialidades ambas que cuentan con menor cantidad de exponentes
que el baile en todos los países de la región,
aunque hoy podemos encontrar ya unos pocos cultores interesantes
en el cante y realidades concretas en el toque.
Por otra parte, prestigiados artistas y compañías
que visitaron nuestra región especialmente desde
finales del primer tercio del s. XX, fueron sembrando aquí
la semilla del interés y, podríamos decir
concretamente, despertando el sentir de la sangre que empezó
a identificarse con el flamenco: una forma de ser y de sentir
que entra en una fuerte resonancia con la de los latinoamericanos.
De hecho, el flamenco es algo más cercano a nosotros
y a nuestra idiosincrasia que el rock, el pop, el jazz,
el reggae, el rap y muchas otras formas musicales de origen
anglo, que nos llegan generosamente incluidas en los envíos
diarios por gentileza del sistema de mercado.
Durante casi dos años, desde la página web
flamencoamerica.com pudimos testear las diversas realidades
del flamenco en Latinoamérica, primero en virtud
de una encuesta que hicimos y que respondió gran
cantidad de gente y luego durante lo que fue la I FERIA
LATINOAMERICANA DE FLAMENCO, en San José de Costa
Rica, el primer evento internacional de su tipo en esta
zona del mundo. De las respuestas recibidas a la mencionada
encuesta, es posible extraer un panorama radiográfico
de lo que hay y lo que falta en el flamenco latinoamericano,
quedando claro, como primera y fundamental carencia, que
la ausencia de cante es un problema de muy difícil
solución. El número de guitarristas competentes
tampoco es elevado, pero sin duda hay más guitarristas
que cantaores. Tampoco hay que olvidar que con mucha frecuencia
aquellas respuestas de aficionados y profesionales han estado
teñidas de un evidente nacionalismo que muchas veces
traicionó la objetividad al tratar de dar a entender
que en sus respectivos países el flamenco era mejor
que en cualquier otro sitio. Así, en cierta ocasión
una persona aseguró que en su país había
370 academias de baile y al día siguiente otra, del
mismo país, informó que no pasaban de 25...
Paulatinamente ha ido aumentando el número de flamencos
latinoamericanos que año a año viajan a España
a perfeccionarse en sus respectivas disciplinas, y los efectos
reales de esas peregrinaciones suelen traducirse en resultados
de la más diversa índole: mientras en algunas
partes de Latinoamérica se sigue trabajando una estética
bastante añeja, en otras se busca un desarrollo de
los parámetros actuales en materia de baile y toque
y en otras se trata de demostrar una apertura que a veces
redunda en audaces combinaciones de flamenco con teatro,
de flamenco con danza contemporánea, de flamenco
con música andina, con tango o con rock.
Es verdad que hay artistas de gran calidad, que sobresalen
de la media y si pueden se proyectan internacionalmente,
varios de los cuales incluso han actuado en la propia España,
pero no es menos cierto que existe también un apreciable
nivel de confusión entre el flamenco y lo aflamencado.
Los profesores no suelen preocuparse de que sus alumnas/nos
dispongan de un marco teórico que les permita saber
qué están bailando, por qué es así,
de dónde viene, qué quiere transmitir. Como
resultado de esto, hay personas que bailan por alegrías
y no conocen el compás, lo que a primera vista parece
inexplicable. Por cierto hay honrosas excepciones, pero
el baile flamenco es, hoy por hoy, un buen negocio acá
y la mayoría de los profesores prefiere invertir
su tiempo en contar dinero y no en impartir una enseñanza
cabal y responsable, lo que en demasiados casos tampoco
sería posible porque ni siquiera ellos saben lo suficiente.
Otro aspecto que llama la atención es la afición
a ciertos tópicos como, por ejemplo, la denominación
de “gitano” o “gitana” de una escuela,
un grupo o un espectáculo hecho por personas que
no tienen vínculo alguno con ese pueblo pero quieren
validar su propuesta con este recurso romántico,
pero absolutamente postizo. No es raro, incluso, encontrarse
con personas que son capaces de bucear en las más
remotas profundidades de la genealogía a ver si encuentran
a algún pariente lejano que pudiera haber sido gitano
o por último andaluz, para justificar de ese modo
su afición o sus cualidades, en circunstancias de
que eso no es necesario para quienes de verdad creemos en
la transculturación ¿o es imprescindible y
condicionante que un señor tenga ancestros austriacos
para tocar a Mozart o deba tenerlos orientales para practicar
artes marciales?
En la guitarra, es posible encontrar excelentes tocaores
y de diversas tendencias: unos optan por mantener vivo el
lenguaje de Montoya, el de Diego del Gastor, Ricardo, Sabicas
o Juan Serrano, otros van por Paco de Lucía y su
generación, y hoy por supuesto debe ser Vicente Amigo
el más estudiado y analizado de todos los menores
de 45 años, pero una mayoría toca la música
de esos maestros y no compone nada. Algunos cosen falsetas
propias con otras de los grandes guitarristas armando un
mosaico extraño, un tapiz de muchas telas de diversas
calidades. Por cierto, hay un buen número que sí
va creando sus piezas, pero todavía es una minoría.
Los latinoamericanos sabemos que desde España se
nos suele mirar con curiosidad y muchas veces con abierto
desdén porque “qué vamos a saber nosotros
de flamenco, qué va a saber de flamenco alguien en
el mundo” ¿no? Pero nos damos perfecta cuenta
de que cuando se trata de vendernos artículos, ropa
de flamenca, guitarras, zapatos, discos, DVD o cursillos
se nos trata hasta de “primos” porque así
es la ley del mercado, pero esa misma conciencia hace que
haya gente aquí trabajando con mucha seriedad, con
muchísimo respeto y con un amor infinito por el flamenco
y por favor, hay que tenerlo y muy verdadero para organizar
un evento como fue aquella Feria de Costa Rica, donde los
asistentes se pagaron sus pasajes, su estadía, sus
comidas y los cursos que tomaron, teniendo en cuenta que
viajar en estos continentes es sumamente caro, pero lo hicieron
los argentinos, lo hicieron los chilenos, los colombianos,
los venezolanos y cualquiera que quisiera asistir. Si eso
no es una muestra de afición sincera, entonces no
hay nada que demuestre que sentimos el flamenco como algo
muy nuestro y podemos lidiar incluso contra el exceptisismo
con que se nos mira y se nos evalúa. De hecho, muchos
andaluces afincados en Latinoamérica fueron los mejores
enemigos de la Feria desde que supieron que se realizaría
y malentendieron intenciones y conceptos, pero también
pudimos pasar de eso y mucho nos ayudó, como contrapartida,
la visita de Antonio “El Pipa”, una llamada
telefónica de Félix Grande o la cobertura
que algunos medios españoles brindaron al evento.
Es muy emocionante, por otra parte, llegar a una ciudad
o incluso un pueblo remoto y ver que hay una escuelita de
baile, que las chicas se fabrican su propio vestuario, que
el material de que dispone la profesora es una copia en
cassette de un mp3 de “Solo Compás” bajado
de Internet que le regaló alguien de las ciudades
grandes y lo pone en un equipo que apenas alcanza para hacer
las clases; es gratificante encontrarse de pronto con algún
chico que ha sacado de oído unas cuantas falsetas,
las toca en una guitarra de la peor calidad y con unas cuerdas
que en el mejor de los casos servirían para poner
a secar ropa, desconoce las técnicas de la guitarra
flamenca y ha descubierto que rasguear como el charango
es lo más parecido que le sale al rasgueado del flamenco
y sin embargo tiene intención, tiene sentido rítmico
y al menos intenta tener compás.
Hoy, cada vez más artistas flamencos famosos visitan
nuestra región, pero esto no es suficiente. Algunos
de ellos, ofrecen una clase magistral o abren un ensayo
y eso se agradece, pero en definitiva, nosotros no tenemos
las posibilidades de actualización y perfeccionamiento
de los europeos: ellos tienen no solo la ventaja de un poder
económico incomparablemente superior al nuestro,
sino también la de habitar un continente pequeño
y poder, en consecuencia, viajar en su propio vehículo
a España a tomar clases, cursillos y asistir a los
mejores eventos flamencos, como la Bienal de Sevilla, el
Festival de Guitarra de Córdoba, el Festival de Cante
de Las Minas en La Unión, el Festival de Jerez y
muchos otros. Para ellos las puertas están abiertas,
aunque no estamos seguros de que sea necesariamente porque
en España crean en el flamenco hecho por quien no
haya nacido allí y más concretamente en Andalucía,
sino porque esos europeos dan curso y alimento al mercado
del flamenco de modo mucho más eficaz y cortoplacista
que nosotros, que encima del problema geográfico,
tenemos el de vivir con unas monedas blandas que ante el
euro o el dólar suelen quedar reducidas a un raquitismo
impetuoso.
Por otra parte, los países con mejor economía
pueden organizar festivales flamencos a los que acuden desde
Andalucía figuras connotadas que hacen el cartel
y cuyos nombres venden las entradas. Algunos suelen incluir
artistas locales, pero lo cierto es que el plato fuerte
lo hacen los que llegan desde España. Con esto, en
estricto rigor, los flamencos latinoamericanos no progresamos
ni nos desarrollamos, por linajudas que sean las visitas
y por agradecidos y reconocidos que quedemos de sus conciertos
o espectáculos. Podemos mirarnos en ellos y tomar
ideas y elementos, pero entonces seguimos obteniendo el
mismo resultado que deviene de una buena sesión de
vídeos, con la ventaja de que el vídeo lo
podemos rebobinar y pasar en cámara lenta e incluso
cuadro a cuadro y además, gratis...
Lo cierto es que, aunque un andaluz que vive acá
nos haya sugerido que a esto que hacemos no le llamemos
flamenco porque flamenco solo puede llamarse el que se hace
en Andalucía, en Latinoamérica hay flamenco,
lo hacemos lo mejor que podemos, lo amamos con devoción
y aunque nadie nos invite a ello, nos sentimos parte de
él. Buscamos formas de crecimiento, queremos aprender
lo que no sabemos, trabajamos para difundirlo seriamente
y si cometemos errores, que sin duda los cometemos y muchos,
aceptamos el correctivo de los que saben cuando es bien
intencionado, cuando no nos insulta y cuando no nos descalifica.
Preguntamos cuando tenemos ocasión de hacerlo, pedimos
un consejo y lo recibimos con gratitud cuando nos es dado
por personas de espíritu generoso y vaya cosa, resulta
que muchas veces recibimos más amistad y más
respeto de los artistas que vienen por acá, que de
los estudiosos que escriben los libros y deciden que todo
aquél que siquiera se atreva a tocar las palmas sin
haber nacido en el “triángulo cantaor”
es un invasor que quiere apropiarse de un patrimonio que
repito: aunque la UNESCO no lo reconozca, hoy ya es, por
derecho propio, de toda la humanidad. De otro modo, a ver
quién me explica a mí la cantidad de academias,
tablaos, festivales, congresos, cursillos y espectáculos
de flamenco que hay en pleno desarrollo, a esta misma hora,
en el mundo entero.