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Eusebio Rioja
Málaga, abril/2004


 

Un pinturero personaje del Flamenco decimonónico:
EL NEGRO MERI

 

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Pero vuelve a ser Paco Percheles, quien alerta sobre la conversión del Café de la Loba en café cantante:

Posteriormente se instaló en el café un “tablao”, en el que actuaron cuadros de baile y canto y se representaban piezas teatrales como “El Cabo primero” y otras de aquella época. Fueron célebres también los bailes de carnaval de “La Loba”, en los que predominaba el público de clase popular.
Con las representaciones y cuadros de cante y baile se inició la decadencia de este café, acelerando su desaparición la apertura de la calle Larios y la instalación en esta vía de otros establecimientos que atrajeron la mayor parte de su parroquia (pp. 45-48).

Su cierre definitivo se produjo el 31 de marzo de 1902.

La timba del Café de la Loba.

No es de extrañar que en los salones de La Loba existiera una timba. Y en la timba, un par de barateros: El Pimetel y Morón. Según la prensa, éste fue asesinado por aquél en la escalera del establecimiento. El suceso debió inspirar a Manuel Martínez Barrionuevo, su novela citada. En ella, ocurre también el desafío de dos barateros en la timba del Café de La Loba. El desenlace se produce dándole muerte uno al otro, pero no en la escalera del café, sino en el puerto, a la luz de la farola y en el transcurso de un siniestro duelo a navaja.

Pero leamos la curiosa descripción que logra Martínez Barrionuevo de uno de los protagonistas de su novela:

¡Qué nochecita aquella! Era entonces la “timba” de la Loba la de más “caliá” de toda Málaga y se tallaban allí ocho y diez mil duros de golpe y “zumbío”, como la navaja del tío Rosao; hacía el gallo en la timba un negro feísimo como el demonio, con el alma negra como el cuerpo, y atravesados también los ojos, porque era bizco para lo que ustedes gusten mandar, y con más agallas que Cristo en la Cruz; le decían “Meri” al desgraciado aquel, y como baratero de la “timba”, tenía siempre en un potro á los puntos, igual que á los banqueros, por lo que no podían verle ni á tiros; porque en diciendo el negrote por aquí meto la cabeza, por allí la metía más que se tropezara la tierra con el cielo y le cogiesen entre los dos por mitad de la “rabaiya”, partiendo por el “eje” al individuo de su cuerpo (pp. 123-124).

La tabernilla de El Negro Meri.

Desde luego, el asunto no pasaría de ser mera ficción literaria, si no hubiésemos encontrado a El Negro Meri, de verdad. Y vuelve a ser don Francisco Bejarano quien proporciona la noticia. Lo hace en su obra Las calles de Málaga. De su historia y ambiente
(13), cuando escribe acerca de la calle Salvago. Refiriéndose a los principios del siglo XX, menciona la existencia de una tabernilla al final de esta calle, hacia su salida a la de la Compañía de Jesús, antes de regularizarse urbanísticamente y adoptar el actual aspecto. Veamos como don Francisco dibuja el tenor de los parroquianos de la tabernilla:

El público era abigarrado y pintoresco: algunos “guapos”, electoreros de oficio, jugadores, señoritos jaraneros, no faltando tampoco obreros y gente sencilla y regular. Algunos parroquianos acudían allí con su compañera que, a veces se perdía escaleras arriba para saludar a la esposa del dueño, mujer acogedora y servicial, que daba a varias de ellas el cariñoso título de sobrina. Es de justicia consignar que, pese a algunos elementos de la parroquia, el ambiente de la tabernilla del “Negro Meri”, era discreto, relativamente tranquilo y agradable (pág. 514).

Pues no está mal. Resulta que la tabernilla era de El Negro Meri, y que era un establecimiento popular y de ambiente tranquilo, a pesar de lo inquietante de su clientela. Y además, funcionaba como tapadillo. Y es que lo que no tiene enmienda, no tiene enmienda... Pero sigamos con don Francisco, que nos va a hablar de El Negro Meri:

El dueño del establecimiento era un mulato no muy alto y musculoso, de cara simpática y dientes blanquísimos, ya de cierta edad por el tiempo a que nos referimos (1900-1908)(14) y al que, como hemos dicho, se le conocía por el apodo de “El Negro Meri”.
Era un tipo pintoresco y popular de la Málaga del novecientos, y de vida varia y accidentada. Se sabía que en su juventud había sido acróbata y que trabajó en el Circo de la Victoria, donde ejecutaba un salto emocionante sobre varios mozos del circo que sostenían sendos fusiles con las bayonetas caladas. Fue además domador de caballos a la alta escuela, tuvo su época de torero, en tiempos aciagos llegó a ganarse el sustento como limpiabotas, y en otros mejores actuó también como ilusionista. De tanto rodar por el mundo se entendía con los extranjeros, pues hablaba, aunque imperfecta y limitadamente, varias lenguas, y en la última etapa de su vida estableció su tabernilla en la que, si venía al caso, también tocaba la guitarra y cantaba para solaz y divertimento de cualquier reunión salerosa y de rumbo (pág. 514).

Pues tampoco está mal. Como sabíamos, El Negro Meri había trabajado en el circo, pero no sólo lo hizo cantando por lo flamenco, sino también como acróbata y como ilusionista. Además, había sido domador de caballos, torero y limpiabotas. Conocía varios idiomas y cantaba y tocaba la guitarra.

¿Cómo le iba a faltar el punto flamenco? Por supuesto que sería un tipo pintoresco y popular de la Málaga del novecientos. De aquella Málaga cantaora que tan profundamente conoció y con tan brillantes colores, pinta Fernando el de Triana en su delicioso libro Arte y artistas flamencos
(15).

Y quién sabe si El Negro Meri ejerció como baratero. Si entre sus numerosas profesiones, se encontró ésta. Y quién sabe, si lo hizo en el Café de la Loba, tan próximo a la calle Salvago, donde tenía su tabernilla. Pero lo más seguro, es que Martínez Barrionuevo tomase su nombre y su tez como elementos ornamentales para el protagonista de su novela. El retrato que dibuja tan literariamente, no se corresponde con el de Paco Percheles, que acabamos de leer. Y desde luego, no murió en la época que narra Martínez Barrionuevo. Seguramente, creó un personaje con elementos del baratero El Morón y de El Negro Meri. Que hizo la liaison, vamos.

 
 
(13)BEJARANO ROBLES, F. (Paco Percheles)., Las calles de Málaga. De su historia y ambiente, 2 vols., Editorial Arguval, Málaga, 1984, (1ª edición: 1841-1942).

(14)El paréntesis es nuestro.

(15)Triana, F. el de., Arte y artistas flamencos, Ediciones Demófilo, S.A., Fernán Núñez (Córdoba), 1978, facsímil de la edición original de 1935.

 


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