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Tres años luchando con un
cáncer que ha acabado ganando la batalla, que
no la guerra... Hasta para eso ha sido persistente y
constante este hueso duro de roer, que fue Antonio.
Sepan ustedes que no habrá merecidos homenajes
póstumos, ni flores desubicadas, ni miradas perdidas
en un nicho de encuentro, ni concentración de
lagrimas en un derrame colectivo, ni nada que huela
al incienso que tranquiliza las almas de los que nos
quedamos.
Hasta para eso ha sido duro este acero de carne, que
ha decidido castigarnos con nuestra propia miseria al
no permitirnos llorar la pena.
Si no lloramos antes, enmudezcamos ahora, que quien
a hierro mata...
Antonio Gades ha sido un excelente bailaor
y un legendario coreógrafo. Un maestro indiscutible
de la escenografía flamenca y un persistente
investigador de la expresión corporal.
A artistas como Antonio, que han paseado en nombre del
flamenco la palabra dignidad con la misma belleza que
una madre mece a su hijo siempre eterno, siempre recién
nacido, le debemos una parte de lo que somos y otra
parte de lo que amamos.
Perenne deuda que crece hasta el miedo disponible, hasta
la oscuridad más cruenta cuando nos susurra al
oído su humildad :
"Cuando yo me muera,
no quiero homenajes,
y en tu recuerdo, píntame un velerito,
llámalo Antonio Gades".
Marcos Escánez Carrillo
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