Desde un balcón del cielo…


Opinión
Alfredo Barrera Cuevas

Alfredo Barrera Cuevas


En esta noche de relente, La Niña de los Peines se asomó a un balcón del cielo para contemplar el homenaje que le tenían preparado en un pueblo íntimamente ligado a sus raíces, Arahal, donde un par de chiquillos recogieron el legado del flamenco más clásico, le imprimieron cierto cariz de aire fresco y ofrecieron un recital a la altura del evento.



Manuel de la Tomasa, un cantaor que nació con estrella, predestinado a ser un referente en su tiempo, y David de Arahal, un guitarrista que se hace grande a pasos agigantados, cada vez más suelto en el acompañamiento y cada día mejor en la faceta de concierto, dieron una lección magistral de flamenco en la noche que se recordó a la más grande cantaora que hayamos escuchado jamás. Un homenaje al pasado con vistas esperanzadoras al futuro.

Cante grande y guitarra sublime. Voz quebrada y doliente, toque limpio y armonioso. Dos mundos distantes que se compenetran de manera increíble, que ofrecen lo arcaico junto a lo vanguardista, que traen esencias de lo clásico y evocan la transformación del flamenco dentro de los cánones, que respetan la tradición y sueñan con el más allá. Son como dos viejos en cuerpo de niños, que juegan a sobrepasar lo esperado con sabiduría de veteranos. Cada recital suyo nos ofrece algo nuevo, aun manteniendo estructuras básicas, siempre hay una variante, un matiz, un aire, una falseta, una caída, una acorde de acompañamiento, un cante o una puesta en escena, que hacen que dos actuaciones suyas sean esencialmente distintas. Estos dos pequeños colosos venían a darlo todo y hacerle una elegía a Pastora Pavón Cruz, y es cierto que, en esta noche especial, hubo homenaje a la genial cantaora, pero se convirtió en oda al mundo del flamenco.

De David hubo recuerdo para los grandes genios de la guitarra, ensalzados en la figura de Ramón Montoya, en la taranta con aires de rondeña de concierto que abría el espectáculo con un solo de guitarra imponente y magistral, pero también en el acompañamiento de los distintos cantes, libres o a compás, pausados o rítmicos, ceremoniosos o festeros, con acordes de cierre acertadísimos, gran variedad de técnicas, falsetas que levantaron el aplauso del público, un saber estar y respetar el cante, desparpajo y templanza, que hicieron del acompañamiento, una genialidad continua y descomunal. Su toque, con esencias de los clásicos, huele como la hierbabuena en maceta, sumamente fresca, pero con aromas de lo antiguo.

De Manuel hubo recuerdo a Rafael Romero, en letras de José el de la Tomasa, en el cante de la caña, donde pudimos presenciar dos variantes de los ayeos presentes en este cante, unos de corte más clásico y otros de cierto regusto morentiano, ambos con un toque personal muy interesante. Hubo recuerdo a Manuel Vallejo y, por ende, al Niño del Huerto, al Canario, a la tierra lucentina y a Juan Breva en el cante por malagueñas y los abandolaos, donde imprimió variantes estilísticas propias en algunos de los tercios. Hubo recuerdo al Mellizo, a Joaquín el de la Paula, a Juaniquí, a Joselero, entre otros, en una soleá grandiosa, con voz imponente al seis por arriba, con una cadencia y un compás perfectos, con armonía evocadora y pellizcos de emoción. Hubo recuerdos a Lebrija y Utrera en los tientos y a Triana, Cádiz, Granada y Jaén en los tangos, un recorrido impresionante y una elección de estilos que incluye cantes en desuso e incluso olvidados, emotiva a la vez que ilusionante. Hubo recuerdo a los aires gaditanos de las alegrías, con incursiones al mirabrás y juguetillos poco interpretados actualmente, junto con letras antiguas de su propio abuelo y otras en honor a Pepe Pinto, el Carbonerillo y Pastora, unos cantes soberbios, de marcadísimo y extraordinario compás, que se convirtieron en un momento especial del acto, que sorprendieron, para mejorar de manera significativa lo que estaba siendo un enorme recital. Hubo recuerdo al Rojo el Alpargatero en la cartagenera clásica y la minera, así como a Cayetano Muriel en esa insólita cartagenera que popularizara el cantaor egabrense, que se suele interpretar con aires abandolaos y que Manuel de la Tomasa está convirtiendo en un clásico de sus actuaciones, para placer de propios y asombro de extraños. Hubo un monumento colosal a la seguiriya, en recuerdo sempiterno de Manuel Torre, y a la propia Pastora en la cabal del Ciego de la Peña.

Siempre es especial el cante por seguiriyas de Manuel de la Tomasa, que convierte sus recitales en obras de arte. Ver en directo como recoge el cante y lo suelta a su antojo, en tonos altos o susurrando, es estremecedor y emocionante, y lo convierten en un baluarte contemporáneo, pero de estirpe, de uno de los palos fundamentales del flamenco. Hubo recuerdo al Jerez más clásico en la bulería, pero también a interpretaciones jerezanas más actuales como las de Antonio Mairena o estilos de Lebrija como el de Antonia Pozo, para pasar a recrearse en algunas coplillas con aires buleareros y hacer remates con regusto gaditano, todo ello con compás majestuoso y monótono de guitarra que hacían resaltar el cante, dotarlo de pureza y enaltecerlo hasta la solemnidad. Y hubo recuerdo para Antonio el de la Calzá y Manuel Torre en los fandangos, de una forma muy emotiva y con los que se remataba el acto, haciendo honores a la petición de un público entregado, respetuoso y sabio, que conocía bien los cantes y los toques, fe de ello son los comentarios que se escuchaban valorando el quehacer de las falsetas, escuchándose el nombre de Maestro Patiño o Javier Molina, o enalteciendo los cantes, haciendo referencias a escuelas cantaoras y nombres propios. Aquellos nombres, con el de Pastora a la cabeza, que han puesto en escena y dignificado estos dos jovencísimos artistas consagrados ya en el presente de este arte.

Hoy Pastora Pavón se ha sentado en un palco de lujo, se ha hecho para ella un verdadero homenaje y desde donde esté lo habrá disfrutado enormemente. Esta noche, al finalizar el acto, no ha sido agua lo que ha llovido, solo fueron las lágrimas de Pastora que, desde el cielo, nos insinuaba que había estado presente y se sentía aliviada por el futuro del flamenco, al ver a dos niños rendirle pleitesía y ser capaces de engrandecer, aún más si cabe, el mundo donde ella fuera la reina.