Carmencita Dauset


Libros
J.Gelardo y J.L. Navarro
La Hidra de Lerna (2011)
Rafael Suarez López


Llegar a lo desconocido y tocarlo, no es fácil. Investigar es caro. Además de tiempo y gastos, se necesita un alto conocimiento, con categoría de erudición, de las materias en las que se adentran. Las investigaciones son especialmente singulares cuando se centran en el mundo del flamenco. La facultad de profundizar en el pasado tiene varios escalones añadidos de complejidad, pues los vestigios físicos de contraste son escasos y volátiles. Al ser un arte popular, la mayor parte de la evolución no cuenta con registros escritos u otro tipo de documentos sonoros o de imágenes. Las técnicas de los inicios del siglo XX y, sobre todo, las del siglo anterior eran insuficientes o sencillamente no existían. La fuerza de transmisión más importante ha sido el “boca a boca”. Por ello, existe un riesgo permanente de que lo antiguo nos haya llegado tergiversado o que se produzcan pérdidas en los eslabones de transmisión. Parte del conocimiento del flamenco encerrado en la memoria de las personas que lo vivieron directamente, se ha perdido cuando nos han dejado para siempre. Una pena.

Por ello, estamos convencidos de que habrán escapado a nuestro conocimiento aportaciones creativas e innovadoras de artistas flamencos que sirvieron de inspiración a generaciones posteriores. Pero, por el contrario, también podemos encontrarnos con la suerte de que incansables investigadores de la parcela flamenca encuentren, con su incesante rastreo del pasado, pasajes de los inicios del flamenco en una forma primigenia y de los que apenas hemos tenido noticias. Es el caso de los coautores de esta obra, que iniciaron por separado una línea de investigación partiendo de referencias distintas, y llegaron a un punto de encuentro en la figura de Carmencita Dauset, que fue una influyente bailaora del último cuarto del siglo XIX, a la que se ha liberado del olvido.

Jose Luis Navarro conoció un cuadro de una bailarina española, pintado al óleo por un afamado pintor norteamericano. Entendió que dicha bailarina tuvo que ser muy conocida e importante en Estados Unidos para posar y ser pintada. La intuición tuvo su fruto. Ha conseguido escribir con suficiente detalle la fructífera etapa de nuestra protagonista en Estados Unidos. Por otro lado, Jose Gelardo, recientemente publicó un libro sobre el cantaor levantino Antonio Grau “Rojo el Alpargatero”, casado con una hermana de Carmencita; lo que aprovechó para iniciar y desarrollar el estudio de esta singular bailaora y darle forma a su aportación a este trabajo.

La unión de las investigaciones de los dos escritores, prestigiosos expertos en flamenco, y cuyas biografías extractadas ocupan la última parte del libro, tiene como resultado una obra amena, con calidad narrativa y cómoda en la lectura, y siempre bien documentada.

Como se puede leer nada más comenzar el relato de la historia de esta gran mujer; “fue la primera en muchas cosas”: la primera que llevó el baile flamenco a grandes teatros, la primera vez que una artista flamenca actuaba en París, dónde obtuvo grandes éxitos después de los conseguidos por toda la península Ibérica, la primera que cruzó el Atlántico y bailó en Nueva York entusiasmando a todos los que la vieron actuar, la primera que fue plasmada en un cuadro por un pintor de prestigio, la primera mujer que registró su imagen, en pleno baile, en las primitivas cámaras de cine. Con la lectura completa de su historia, entendemos que también fue la primera en otros asuntos.

Rastreando gacetillas y diarios de la época, los autores reconstruyen, además de su corta y grandiosa vida artística, parte de su vehemente vida social.

Carmencita Dauset, que cautivó y magnetizó a quien la conoció, nació en Almería en el año 1868. Con nueve años, su hermana y su cuñado la llevaron a Málaga dónde se hizo artista aprendiendo de la gran bailaora “La Cuenca” y asistiendo a academias de baile. Debuta en el Teatro Cervantes de Málaga con sólo doce años, bailando la “petenera” y el “vito”. En 1884, después de actuar por toda España hace el primer viaje a París. En 1886 actúa en el Palacio Real y en el Circo Price de Madrid. En 1889 volvió a París con la edad de veintiún años. En Agosto de 1889 debutó en Nueva York, aunque el triunfo rompedor en esta cosmopolita ciudad le llegó unos meses más tarde. Durante la estancia americana, con el kinetoscopio de Edison se realiza una grabación del baile de Carmencita. Es una cinta muda de escasa duración, que se puede ver en “Google video”. Actualmente se encuentra archivada en la biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. En 1894 finaliza su estancia en América.

En 1895 actuó en Londres. Los ingleses no respondieron con el calor y pasión de los americanos. Le tuvo que afectar negativamente; estaba acostumbrada al éxito. Después, y cuando aún no había cumplido los 30 años, se pierde su rastro. No se sabe con certeza lo que pasó con ella. Algún historiador data su muerte en 1899, muy poco después de sus treinta años, aunque no se tiene la certeza absoluta. Comienza la confusión; impostoras aprovechan su nombre. Quizá sepamos algún día el final de Carmencita; las investigaciones siguen.

La misma fogosidad de su vida artística se encuentra en la social. Apareció en anuncios comerciales de un restaurador de cabello, presentado el suyo como reclamo de sus éxitos. Pasó varias veces por los juzgados, enamoró a hombres casados, recibió acusaciones de esposas ofendidas, recibió regalos de gran valor, inspiró a poetas. Estuvo relacionada con algunas de las mejores familias de Nueva York, a cuyas hijas les dio clases de baile. Rentabilizó el tiempo que posó ante los pintores; cobró por ello. También cantaba, con poca voz pero con mucho sentimiento, al contrario de sus bailes que estaban llenos de fuerza, vivacidad y temperamento.

La forma de bailar de Carmencita nunca se ha visto en otras artistas. Encima del escenario, el cuerpo en movimiento hablaba, era un baile instintivo, de garra, lleno de fiereza. El público lo prefería a otro de mayor técnica, aunque fuese más uniforme y clásico.

Se inició con “sevillanas” y con el “vito” que solía bailar sobre una mesa. Con las “peteneras” alcanzó la perfección. Con el cante de su cuñado Rojo el Alpargatero interpretó “malagueñas”. Para completar su repertorio, adaptó a su vigorosa estética bailes no flamencos como “boleros” y “canciones” de su época.

Recojamos algunos comentarios realizados en 1890 que ayudan a valorar su personal estilo:

En el Diario Oficial de Avisos de Madrid se pudo leer: “Carmencita posee la espina dorsal más deliciosamente flexible que jamás hemos visto en movimiento. Es una verdadera serpiente de enroscamientos exuberantes, fluctuante como el humo, fugaz e intangible como el azogue y hermosa como una estrella. Un sublime movimiento de hombros y de cabeza. ¡Dios mío! ¡Qué movimientos los de Carmencita!”



El Kate Filed’s Washington recoge; “Finalmente, cuando se siente inspirada por la música, que comienza cuando ella entre, ella se ondula, se retuerce y gira, y se levanta y cae, y queda inmóvil en todas las posturas excepto cabeza abajo, y ejecuta pasos que no han sido diseñados por maestros de ballet, y en conjunto, desafía por completo el arte ordinario. Entonces entiendes por qué los artistas tocan las palmas y gritan ¡bravo, bravísimo!”



Las palabras se tornan en imágenes. Ya el flamenco empezaba a transmitir emociones y sensaciones espontáneas y mágicas.

Parece incomprensible que ningún tratado de historia del flamenco haya hecho referencia a esta mujer adelantada a su tiempo. Su baile, que desató emociones, lo habría merecido. Gracias a Jose Luis Navarro y a José Gelardo, Carmencita ha vuelto al mundo de los vivos. No aceptamos que su historia haya terminado.