Con respecto al resto de Europa occidental,
España es diferente. También en
su música tradicional. Por la que respira
música de origen grecopersa y bizantina,
hebrea, cristiana y musulmana, cruzada de hindú,
de gitana y de indiana.
Entre la región indopakistaní
y España, pasando por Oriente Medio
y Próximo y el Mediterráneo,
sucesivos imperios cantaban y rezaban con
la música que se extendería
por Occidente en la era cristiana y que sólo
en el folklore español se mantendría
después de la reforma gregoriana.
Cuando oímos
cantar una rondeña, una caña,
una taranta o una siguiriya, no ya siglos
de música, sino milenios de nación
entran por nuestros oídos y empapan
el alma de nuestra alma. O cuando vemos bailar
brazos y manos por soleá, o burlar
con su falda trasera la bailaora que se aleja
con su bulería, o zapatear posesos
los hombres la siguiriya... milenios de canto,
de baile y de danza nos asisten, porque son
milenios de canto, de baile y de danza los
que, rezando, bailando y llorando, en el flamenco
habitan.
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