La física cuántica plantea como un gran descubrimiento que la realidad es subjetiva. Nuestra percepción de la realidad, del entorno, de lo que sucede y de lo que somos está condicionada por la agudeza de nuestros sentidos y la incapacidad de nuestra mente para procesar toda la información que le llega.
El otro gran descubirimiento es que a pesar de que nada se toca, de que el contacto no existe, todo y todos estamos conectamos en el espacio. Nada tiene sentido ni puede existir de por sí, sin que exista una conexión imprescindible con el entorno. Las leyes darwinistas se tambalean, y si antes se planteaban que al dejar caer una pelota al suelo ésta botaba porque el suelo existía, ahora se plantean que es el suelo el que provoca que dejemos caer la pelota.
Y si todo esto es así, si realmente todo está conectado, quizá debemos pensar que todo lo que nos sucede está provocado por agentes que, aunque desconozcamos, están relacionados con nosotros. Podría llamarse destino o simplemente, dependencia.
Una vez más, el flamenco no ha sido objeto de reconocimiento por la UNESCO. Esta vez, la mirada se posó en el Tango argentino y uruguayo...
Ahora, lo que debe regir es la prudencia y la humildad. Pero asociándolo con los paradigmas de la física cuántica, creo que la consciencia del ser sólo puede llegar detrás del desamparo. Hay que encontrarse solo ante un reto para descubrirse y conocerse. Y para crear y reafirmarse en un mismo hay que asumir la soledad y ver en ella una oportunidad. Por eso, los grandes triunfos le deben su existencia a un fracaso.
Imagino que es una especie de débito, de dependencia, de complementariedad. Como la luz le debe su razón de ser a la oscuridad, el día a la noche, la paz a la guerra... Una especie de relación de dependencia inexcusable.
Está demostrado que por cada puerta que se cierra, se abren miles de ellas...