El canto de un pájaro perdido en una noche oscura es penetrante. Máxime si de comparsa, cuenta con una orquesta de grillos zapateros y a lo lejos, la llamada intransigente de un coro de ranas estancadas en un charco, a la espera de un poco de agua que sirva para limpiar los conductos, nos llama. Si la oscuridad es la tónica, y la dominante el chasquido del agua que baja por el diminuto riachuelo agradecido, a pesar del verano, es fácil escuchar y aprender que hay música en todo lo que implica vida. Que todo lo que se mueve obedece a las mismas reglas. Por eso, la música, cualquier música, es tan importante. Porque la música es un bastión de la vida, y quien la crea, un gran aliado.
Pero se puede hacer música pensando en la canción del verano, o por el contrario, alinearse en el bando del compromiso. Yo elijo el segundo, sin duda, porque para el disfrute todo el mundo está dispuesto, y en cambio, el compromiso es lo que nos distingue del prójimo. El compromiso nos hace únicos, pero al mismo tiempo nos libera de nuestro propio ego.
Esta es la clave. Este es el parámetro que lo distingue todo. La música es vida, pero ¿qué puede esperarse de la vida sin compromiso?, y ¿qué puede ofrecernos un compromiso que no se proyecta en la propia vida?.
Pues hablando de compromiso, me ha contado un pajarito que en próximas fechas reaparecerán los Hermanos Hurtado con un trabajo de investigación de especial relevancia. Además de dos prólogos (de Fosforito y de Tomás Marco), incluye perlas como dos partituras del siglo XIX con la Caña que describe Estébanez Calderón en las Escenas Andaluzas publicadas en 1847, además de un disco que recoge cronológicamente la evolución desde los primeros vestigios de música preflamenca hasta las voces de Chacón, Pastora, el Gloria y Vallejo. Habrá que estar atento porque esto sí que es compromiso con el rigor…