Afortunadamente, me sigo emocionando con las grabaciones en directo de Camarón. Me sigue sonando a gloria bendita, cómo si estuviera aun arañando la vida con sus cuerdas vocales. El día que esto no suceda, me dedicaré a otra actividad que tenga más relación con el desarrollo de una actividad física que con el arte.
Este mes de julio hace 16 años que nos dejó y como alguien dijo: “cada día canta mejor”. Sigue siendo parte nuestra actualidad. Una actualidad en la que ha perdido vigencia el debate sobre el origen gitano del flamenco o la dicotomía que supone la innovación frente a la ortodoxia.
En esta actualidad, el debate va relojeando entre los derechos de autor, la distribución discográfica y la exportación.
Caducos han quedado el discurso étnico, la pregunta existencial sobre la continuidad de este arte o la catalogación de los cantes entre chicos y grandes.
No me atrevo a asegurar que esta actividad sea totalmente distinta a la actividad en la que sucumbió Camarón. Porque el flamenco también ha estado siempre subyugado a las modas y yo creo que cuando más superficial es el pueblo más se encadena a éstas.
Quizás la mayor diferencia estriba en que nunca antes el flamenco ha sido un negocio tan rentable cómo ahora. Por eso, en esta actualidad se acercan y manejan este arte personas que por cultura y afición estaban muy lejos de saber apreciarlo.
Agentes que no conocen la dignidad del artista, programadores culturales que sólo saben de contabilidad, empresas de comunicación que no tienen nada que decir, críticos que se quedan sin oídos a cambio de un “bono-hotel”, herederos con grandes bolsillos que defienden la permanencia del patrimonio cultural en un rincón de sus estanterías, aficionados que maltratan con palmetazos la sensible línea del compás bien hecho, vendedores que prescriben un producto en el que no creen, …