Hace unos días tuve la oportunidad de ver en una televisión nacional una cantaora joven muy bien acompañada por un guitarrista de Caño Roto, y otros músicos que no desmerecían en absoluto a ambos.
Me llamó especialmente la atención que remataran lo que fue un espectáculo medido y muy bien planteado, con una seguiriya muy atemperada en compás, y muy acelerada… tanto, que los realizadores no dudaron en ofrecer de forma reiterada los rostros rebosantes de felicidad de los músicos, que disfrutaban del momento como si de una fiesta por bulerías se tratara. La cantaora, muy en sintonía con el entorno, cantaba a gusto, adornándose, feliz, exultante. Y ciertamente, fue esa desafección del desarrollo de la seguiriya lo que me impactó. De pronto, de un plumazo, este magno palo de la profundidad, se convirtió en algo liviano, sutil, audible para oídos nobeles…
Todo esto está bien para ampliar el espectro de simpatizantes al flamenco, pero es difícil despertar pasión con una versión dulcificada de la seguiriya. Lo peor es que ya es difícil encontrar un artista que respete y represente el espíritu trágico de este palo, en lugar de abordarlo como un mero tránsito, como un elemento estético…
Si tradicionalmente ha sido la soleá el metro con el que se mide un cantaor, ahora, sin duda, es la seguiriya la que se convierte en la piedra angular de la profundidad del artista.
La seguiriya es hoy una verdadera obra de museo. Ya casi nadie se duele al cantarla. Y que conste, que no es mi intención reivindicar ningún tipo de purismo ancestral. Hay otras cosas, que no están en las formas, que si que reivindico. Una de ellas es la esencia… y en este palo, la esencia es el lamento.
¡Qué ironía, que para escuchar una seguiriya sentida y con entrega, tengamos que recurrir a la música enlatada!
En la sección Mp3 Mensual tenemos en esta entrega una buena muestra de la esencia a la que nos referimos....